Banjarmasin, una ciudad sobre el agua

Conocemos Borneo por ser una de las islas más extensas del planeta pero, en realidad, esta isla se reparte entre tres países: Brunei, Malasia e Indonesia. Y a esta última nos vamos a ir, al Borneo indonesio que, en su idioma, la isla toma el nombre de Kalimantan y ocupa tres cuartas partes de la superficie total de Borneo.

Una zona de jungla frondosa recorre gran parte de Kalimantan, con una importante población de orangutanes, de los pocos que viven en libertad en el mundo.

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En el Kalimantan meridional nos encontramos con la capital, Banjarmasin, una ciudad de más de 600.000 habitantes. La llaman “La Venecia del Este” por el ambiente fluvial entre canales, supongo. Lo cierto es que no sé quién hizo semejante comparación. Los canales venecianos se tornan cloacas en esta Indonesia veneciana.

En Banjarmasin, la democracia lucha por hacerse un hueco enfrentándose a los grupos islámicos conservadores radicales.

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Los primeros palafitos en las cloacas, construidos ya hace décadas con licencia de las autoridades locales, intentan mantenerse en pie, sin luz ni agua corriente, en un país a la deriva en el que la inyección económica del turismo que llega a algunas islas como Bali, no parece cubrir ni las necesidades más básicas de los miles de habitantes de Banjarmasin.

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Pocas carreteras, algún camino que se adentra en plantaciones y, el resto, un universo de canales que se crean de la confluencia del río Martapura con el río Barito.

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Una ciudad de miseria sobrellevada con dignidad, un mundo de sonrisas gratuitas en la más absoluta pobreza, un pedazo de infierno para cualquier occidental.

El gran canal Kalayan reúne cientos, miles de chabolas construidas sobre un agua de aspecto denso y amarronado, donde “hace vida” una población sufrida. Frente a los palafitos, hay escaleras maltrechas que utilizan los niños para lanzarse al agua, las mujeres para sentarse a frotar su colada o la vajilla de plástico, y todos ellos para el aseo personal. El pantalán de tablones retorcidos hacia las escaleras, en el mejor de los casos, cuenta con una caseta unipersonal que utilizan como w.c., sin desagüe, con una cavidad que desemboca en el canal, en el mismo donde a pocos centímetros se lavan los dientes o nadan entre reptiles incluso, a veces, anacondas que se cuelan en sus viviendas.

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El circuito por los canales de Banjarmasin es duro. Hay que ser de otro mundo para no cruzarlo con un nudo en la garganta, ante una realidad cruda y miserable, y otro nudo en el estómago, por la mugre y olores nauseabundos.

Banjarmasin no tiene mar. El mar de Java se encuentra a más de 20 kilómetros; sin embargo, se respira un ambiente fluvial entre el movimiento comercial de las canoas y el pequeño astillero artesanal.

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La vida comercial de Banjarmasin conserva aún un importante toque primitivo: el mercado flotante. El Lok Baintan Floating Market imprime a la ciudad un estilo casi medieval de supervivencia, compra-venta e intercambio de productos frescos y cocinados.

Todos los días, antes incluso de que amanezca y siempre a la misma altura del río, desde todas las direcciones y ramificaciones de los canales comienzan a llegar canoas. Unas 200, quizá más.

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Frutas, verduras, pescado deshidratado, algún frito casero o arroz envuelto en hoja de platanero. El colorido del mercado es espectacular entre las mercancías y la vestimenta islámica. No hay bullicio, solo se percibe el ruido del agua y el roce entre las canoas cuando empieza el movimiento mercantil y se amontonan entre ellas para hacer negocio.

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Algunas mujeres se levantan a diario a las 2 ó 3 de la mañana para poder llegar a tiempo remando al temprano mercado flotante de Banjarmasin. Mujeres, sí, porque son ellas en un 90% las que van al mercado. Sus maridos trabajan en las plantaciones y, ese 10% restante, corresponde a los pocos hombres que ejercen de intermediarios para algún negocio en la ciudad de tierra firme.

Las mujeres llegan cubiertas con el velo islámico, algunas portan el típico sombrero oriental y, muchas de ellas, llevan la cara pintada de blanco con una pasta casera a base de arroz que hace las veces de protector solar.

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Mandarinas, limas, bananas, cocos, verdura… Algo menos de dos horas de compra y venta de mercancía. Una realidad diaria que no se ve desfigurada por cámaras ni turistas. No hay souvenirs ni interrupciones. Nada que ver con ningún otro mercado flotante del sudeste asiático, como el concurrido Damnoen Saduak, cerca de Bangkok, en Tailandia.

Un espectáculo pintoresco en medio de un amanecer que parece salido de un óleo costumbrista.

Banjarmasin: una ciudad sobre el agua llena de sonrisas inesperadas, de pobreza contrastada al límite y de costumbres medievales.

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Aprendiendo a gestionar emociones: del Artículo 33 al Emocionario

Un día llega y, en la puerta del cole, va y te suelta: “mamá, por favor, quédate aquí, déjame que entre solo, que soy mayor”. Y tú, que llevas varios años intentando educarle y enseñarle a gestionar sus emociones, te quedas con esa cara de estúpida pardilla en la puerta, preguntándote que quién te enseñará a ti ahora a gestionar las tuyas.

Hemos escuchado cientos de veces eso del famoso libro de instrucciones –inexistente, siento decirlo- para madres y padres, con las risas y absurdos que conlleva y con la cantidad de falsos manuales que te dan pautas, reglas, directrices y normas varias sobre el qué y el cómo con los hijos. No seré menos, reconozco haber leído todo lo que ha caído en mis manos: desde el “Duérmete niño”, pasando por tutoriales de estimulación temprana, hasta “Mis sentencias ejemplares” del gran Emilio Calatayud.

Y ¿qué te queda de todo ello? Hombre, supongo que aprender, leer y tomar notas nunca está de más, pero la realidad es bien distinta. Es como todos esos cursos que te ofrecen las multinacionales, esos organizados por los departamentos de “Recursos Inhumanos”, en los que te llevan 3 días de team-building a saltar y cantar, dejando aparcado tu trabajo que sabes se irá amontonando por minutos en tu mesa, junto a los emails sin responder y que, a la vuelta de los juegos y los estribillos corporativos, te toca quedarte una semana hasta pasada la media noche en la oficina si quieres ponerte al día. ¿Es útil el team-building? Pues sí, es posible que mejore el ambiente de trabajo y el sentido de pertenencia a la empresa, pero resulta que en esa semana llegando a las mil, tu pareja se ha ido a vivir con su madre y los niños ya no te conocen (modo irónico on).

Lo de las guías, libros y seminarios sobre educación son un poco lo mismo. Te lees el libro “Duérmete niño” en tu noveno mes de embarazo, quedándote por las noches para acabarlo y lo mismo tu hijo duerme como los ángeles y eres tú la única que te has quedado sin horas de sueño. O aprendes todo sobre estimulación temprana y resulta que tu hijo viene sobre-estimulado de fábrica y mejor te podrías haber leído el HOLA en ese tiempo. También están los que se empeñan en que su hijo toque el piano y a él lo que le motiva es la zambomba, con suerte de que no tenga el oído en los pies, y estés malgastando su tiempo y tu dinero.

El otro día me comentaba una amiga, con un marido súper deportista que, pese a que han intentado introducir a su hijo en varios deportes con todas las técnicas posibles (en equipo, en solitario; en polideportivo, al aire libre; por esfuerzo, por diversión…), resulta que al angelito no le gustan los deportes y que, si de extraescolares se trata, tomen nota, “el prenda” quiere ir a cocina y a clases de magia. Y con toda la razón, oiga, que cada cual tiene sus gustos, habilidades y apetencias.

En eso de gustos y apetencias, recuerdo que una estudió música porque no le quedaba otra. Ya sabéis, como se hacían antes las cosas en la vieja escuela: mis padres se sacaban de la manga aquella especie de Ley Orgánica “de Pater muy Señor Mío” en la que lo dejaban muy claro en cuanto decían “por el artículo 33”. Y estabas perdido. Ni idea de lo que decía el susodicho artículo, pero ninguna duda acerca de que aquello se cumplía por ley: por la de tu santo padre y tu bendita madre.

Los tiempos han cambiado, ahora los padres estamos más al día sobre técnicas pedagógicas y clases magistrales de psicología infantil. Se ha dado la vuelta de tal forma que los padres deben entender cualquiera que sea la circunstancia del niño. Todo son facilidades, flexibilidad, empatía y gestión de sus emociones de la forma más positiva.

No dudo de la opinión de los expertos, solo faltaría, pero debo decir que sí me inquieta tanto rollo “flower-power” en todo lo relativo a introducirlos en este mundo nuestro que, por cierto, nada que ver.

Arrieritos somos, como diría aquel; así que, como una más, ahí me voy manejando como aprendiz de madre, a medias entre lo que voy aprendiendo y lo que me dicta el sentido común.

Hoy mi hijo tenía claro que era su día, el día en el que ya se siente mayor para cruzar una puerta por sí solo, y no puedo ser yo la que se lo impida (una vez que el sentido común descarta peligros y funciona la sensatez, obviamente). Hoy he comenzado a gestionar el cambio, el del “destete emocional” y, para mi sorpresa, ha sido más fácil de lo que creía. Por algo dicen que los padres no solo debemos dar la vida, sino promover la libertad para vivirla.

En la vieja escuela no se daba mucho eso de la libertad para vivirla, y eso que tuve suerte de contar con una madre coraje que supo “dejarme ir” pese a que no estuvo nunca preparada para el “destete”.

Iremos viendo. Supongo que los peligros acechan y, pese a que no los descartemos, habrá que ir soltando riendas desde el sentido común (recordemos: el menos común de los sentidos).

Por lo pronto, aunque no esté demostrada su eficacia, sigo empeñada y ya he comprado el “Emocionario”, un libro que describe todas las emociones, que enseña cómo y por qué se producen. En teoría, es para niños. Los mayores, de esto, ya saben o eso dicen. Pero reconozco necesitar un buen repaso para, sobretodo, aprender a gestionar estas nuevas emociones: sin dramas, sin enfrentamientos y evitando cualquier torpeza por mi parte.

No sé si tú te conoces, identificas y diferencias bien tus emociones. El recorrido emocional de cada uno es único, desde luego, pero creo que la vida nos somete a diario a nuevos retos y que la curiosidad por ahondar en las emociones puede ayudarnos a gestionarlas. Dejadme entonces que siga aprendiendo con este “Emocionario” y os invito también a que probéis.

Por qué “claramentesocial”

Flash

Como tú o como tantos otros, llevaba tiempo pensando en esto. En esto del blog, digo. No por mí, que espero no caer a menudo en la tentación del protagonismo fácil por ser este mi propio espacio. Tampoco por ti, que seguro tienes cosas más importantes que hacer que pasarte por aquí cada dos por tres. Sino porque hay tantas cosas que merecen ser contadas que toda ayuda es poca.

Sabemos que el periodismo está en decadencia, que va perdiendo la guerra de poder por la verdad, por lo importante y lo humano. Por eso, yo que aún arrastro vocación y tengo fe en el periodismo de trinchera, me serviré de este -mi pequeño refugio- para contar historias de actualidad, anécdotas, sentimientos compartidos, viajes, pensamientos, conversaciones, ecos, realidades y, posible e inconscientemente, algo de ficción, pero con una máxima: RESPETO, el que se aprende solo desde una mente abierta y viajada. Y como una es de mente abierta pero nunca lo suficientemente viajada, procuraré no dejarme llevar aunque, cuando lo degradante de la realidad de la que hable así lo requiera,  me permitiré que brote la transparencia y la sangre caliente que corre por mis venas.

ClaraMenteSocial nace de mi propia esencia. Te explico: Clara, y es que no podría haberme llamado de otra forma, porque a las cosas siempre las llamo por su nombre y he aprendido que la realidad, cuando no es justa, suele ser porque muchos le han perdido el respeto y, precisamente a esos, se lo perdí yo hace tiempo.  Mente, porque dicen que es la potencia intelectual del alma: de potencia no tengo nada; de intelectual, lo justo; pero es desde la integridad del alma desde donde me gusta escribir y son las almas a las que me gusta conquistar. Y Social, porque es la única palabra que no podía faltar, ya no por considerarme todo un “bicho social”, que lo soy elevado a la enésima potencia, sino porque son los temas sociales los que me mueven y más me conmueven.

Así, desde aquí, desde este minúsculo rincón del ciberespacio del que me he apropiado, voy a intentar tocarte el alma, si me dejas, mediante este viejo arte de juntar palabras sobre todo eso que necesitaba ser contado.