Cumplir 40

Aprendiento a cumplir 40

Decía el maestro Harold Lloyd: “Estoy cumpliendo los 40 y eso lleva su tiempo”. ¡Qué grande! Qué tendrán los cómicos para plasmar la desgracia natural con esa gracia innata…
Y en esas estamos, aprendiendo a cumplir los 40. Lo de las arrugas y eso de envejecer con dignidad lo dejaré para otras “blogueras”, las que registran millones de entradas. Aquí no, que ustedes son especiales 😉
Es más, haré un guiño a la foto de este post, la misma que me ha acompañado en Facebook durante los últimos meses y que, cuando la colgué, a los pocos días un amigo caritativo “se la trabajó” con Photoshop y me la reenvió sin tantas patas de gallo. Pero no, una es así, clara y sin filtros -que dicen-, de manera que la foto permaneció ahí con todas las señas de identidad, las del paso del tiempo y de las risas que sabe bien todo el que me conoce.
Llevo ya unos meses tratando de hacerme a la idea: 2 de agosto, 40 vueltas al sol. No por el cuatro y el cero, que son solo eso, números, sino por el análisis que supone llegar al supuesto ecuador de tu existencia. Y mira que nos dan tiempo para mentalizarnos, 40 años nada menos, pero es como si de pronto el tiempo te pidiera cuentas y te obligara a dar una explicación sostenible de tu inversión en esos años. Qué duro, oiga, porque cuando nos piden cuentas de cualquier otra cosa, uno siempre puede rectificar, “resetear”, pedir disculpas, reparar el error y devolver una excusa o una solución con creces. En el caso del tiempo, no.
El tiempo no perdona, es más, termina castigando si lo infrautilizas y te obliga a medir los KPI’s.
No soy de los que se confían a la suerte y tampoco de los que se torturan con los “lástima no haber…” (bueno, a veces), pero eso de someterse a juicio con uno mismo, te obliga a mirarte a los ojos sin posibilidad de esconderte. Es como lo de la meditación, que meditas para escucharte y conocerte, para encontrar la paz interior y, a la vez, corres el riesgo de encontrarte con alguien que no te gusta. Y ese eres tú. Menuda gracia…
En estos 40 años voy aprendiendo a sufrir menos y a quererme más, a cauterizar heridas y a sentirme orgullosa de algunas cicatrices.
He aprendido que la vida es un viaje y que en una curva te la juegas pero, mientras tengamos combustible, hay demasiados paisajes nuevos que explorar. A veces me sorprendo observando los mismos y encontrando perspectivas tan distintas que me parece haber llegado a uno nuevo y disfrutarlo más que la primera vez.
He aprendido a disfrutar también del antes y el después, a saborear preparativos y a darme cientos de baños en recuerdos de los buenos cuando percibes el presente.
Voy aprendiendo a medir, a normalizar, a contemplar la consecuencia con simplicidad (que no simpleza), quitándole peso cuando supone un lastre y añadiéndolo cuando necesito ver resultados.
Voy progresando en valores y restringiendo en minucias. Mantengo la máxima (o eso creo) de haber venido a este mundo para ser feliz y hacer felices a los demás, pese al enfrentamiento natural con el día a día.
Lejos de la literatura, reconozco lecciones básicas que aún no he aprendido y que, espero, el paso del tiempo me ofrezca la posibilidad de enmendar. No debo pensar mucho para reconocer mi dificultad para decir “no” y los conflictos que me genera, o para delegar, e incluso para deshacerme de hábitos absurdos y poco saludables como el tabaco.
Espero que el tiempo sea generoso y me permita otras muchas batallas conmigo misma para poder mejorar estos “primeros” 40 años; espero también que el tiempo cauterice esas heridas de las que hablaba, pero no llegue a borrar la cicatriz de tal forma que olvide el aprendizaje; que la dureza de la experiencia sea una especie de imán en la nevera que me recuerde lo recorrido y me ilumine el mapa de lo que me quede por recorrer.
Y por qué no, también me arrepiento. Me duele ver la cantidad de veces en las que no he sido lo suficientemente agradecida, las ocasiones que he desperdiciado para aprender y mejorar, las veces en las que me ha vencido la conformidad y no he luchado lo que debía, las lágrimas de impotencia cuando no estaba todo perdido y la energía derramada cuando sí lo estaba.
En los recuerdos de esta evaluación brotan cientos de gestos y palabras de tantas y tantas personas con las que tuve la suerte de cruzarme en 4 décadas y me han permitido ser lo que soy: una “humilde afortunada”. He tropezado a menudo con personas, libros o viajes que me han brindado oportunidades maravillosas de crecimiento y con los que he ido tejiendo 40 años de experiencias. Algunos se mantienen en mi viaje. Otros, lógicamente, no, pero no por ello son prescindibles.
Hace muy poco tiempo, por problemas de salud que conocen los que estén siguiendo el blog y de los que, afortunadamente, ya estoy recuperada, comencé a perder algo de memoria. Los médicos decían que no era tal, que lo que estaba perdiendo era capacidad de concentración, pero a mí lo que me preocupaba era perder esa lista de recuerdos, los sellos que te va imprimiendo la vida hasta con-formarte como lo que realmente eres.
No, no quiero olvidar nunca esos extractos de conversaciones valiosas, los rostros de personas que me hicieron sentir especial, ni siquiera los rostros de los que me hicieron sentir pequeña, los momentos de risas en los que hubiera parado el tiempo, los de dolor que más te enseñan, las llamadas de teléfono, los mensajes, los abrazos…
Algún día le contaré a mi hijo que también escribíamos cartas y que nos molestábamos, no solo en contar sentimientos, sino en explicarlos, porque el mensaje no era instantáneo y se requería contextualizar.
He aprendido a echar de menos sin que se me caigan las lágrimas e incluso dejando que la sonrisa se me escape con los recuerdos.
He aprendido que la capacidad de sacrificio se entrena, que uno siempre tiene más paciencia de la que cree y que la felicidad de los tuyos es directamente proporcional a la de uno mismo.
He aprendido a viajar con menos equipaje pero a llevar siempre conmigo esa bolsa enorme imaginaria en la que meto a todos los que quiero que permanezcan a mi lado.
He aprendido que la sonrisa genera empatía, que el aburrimiento te vuelve creativo, que la distancia no se mide en kilómetros, que el silencio comunica y que el respeto no se debe perder jamás.
De momento, he de seguir aprendiendo a medir la palabra, a dar siempre las gracias cuando amanece, a evitar juicios gratuitos y a cultivar el espíritu.
De las pocas frases literales que retengo de los años de Universidad recuerdo una de Freud, que estudiamos en la asignatura de Antropología, que decía que “el hombre es un hedonista frustrado”. Es curioso, llegar a los 40 no me ha vuelto menos hedonista, todo lo contrario, pero sí me ha desarrollado una mayor resistencia a la frustración.
Entiendo que el papel de búsqueda de placer es interminable, pero es que los placeres ya no son los mismos.
Mantengo el deseo a la hora de complacerme, de darme un capricho o de tener una satisfacción, pero donde antes depositaba expectativas, ahora me regalo momentos. No sé si me explico: es algo tan sencillo como no desear con tal ansia el chuletón de buey y disfrutar de una chocolatina. Y eso no lo piensas, ni lo decides, ni lo programas…eso llega. No sé si pronto, porque nunca es demasiado tarde, pero a mí me ha llegado a los 40.
Creo que la conformidad es un don que, reconozco, no me fue otorgado en su momento y es un regalo que he recibido con el tiempo. Por algo dicen que no es rico el que más tiene sino el que menos necesita.
Así es que: ¡bienvenidos sean los 40! Bienvenido ese “dolor de parto” porque da paso a más vida. Como dice la canción: “Gracias a la vida que me ha dado tanto, me ha dado la risa y me ha dado el llanto”. Y ahora que lo pienso, quizá me esté volviendo un poco mística pero, tranquilos, no me den por perdida, a veces la mejor técnica para mantener ese estado zen y de armonía que me ha llegado a los 40 sigue siendo “un buen #mecagoenlaputa”. Y no pasa nada. Además, te deja como nueva.

Aprendiendo a gestionar emociones: del Artículo 33 al Emocionario

Un día llega y, en la puerta del cole, va y te suelta: “mamá, por favor, quédate aquí, déjame que entre solo, que soy mayor”. Y tú, que llevas varios años intentando educarle y enseñarle a gestionar sus emociones, te quedas con esa cara de estúpida pardilla en la puerta, preguntándote que quién te enseñará a ti ahora a gestionar las tuyas.

Hemos escuchado cientos de veces eso del famoso libro de instrucciones –inexistente, siento decirlo- para madres y padres, con las risas y absurdos que conlleva y con la cantidad de falsos manuales que te dan pautas, reglas, directrices y normas varias sobre el qué y el cómo con los hijos. No seré menos, reconozco haber leído todo lo que ha caído en mis manos: desde el “Duérmete niño”, pasando por tutoriales de estimulación temprana, hasta “Mis sentencias ejemplares” del gran Emilio Calatayud.

Y ¿qué te queda de todo ello? Hombre, supongo que aprender, leer y tomar notas nunca está de más, pero la realidad es bien distinta. Es como todos esos cursos que te ofrecen las multinacionales, esos organizados por los departamentos de “Recursos Inhumanos”, en los que te llevan 3 días de team-building a saltar y cantar, dejando aparcado tu trabajo que sabes se irá amontonando por minutos en tu mesa, junto a los emails sin responder y que, a la vuelta de los juegos y los estribillos corporativos, te toca quedarte una semana hasta pasada la media noche en la oficina si quieres ponerte al día. ¿Es útil el team-building? Pues sí, es posible que mejore el ambiente de trabajo y el sentido de pertenencia a la empresa, pero resulta que en esa semana llegando a las mil, tu pareja se ha ido a vivir con su madre y los niños ya no te conocen (modo irónico on).

Lo de las guías, libros y seminarios sobre educación son un poco lo mismo. Te lees el libro “Duérmete niño” en tu noveno mes de embarazo, quedándote por las noches para acabarlo y lo mismo tu hijo duerme como los ángeles y eres tú la única que te has quedado sin horas de sueño. O aprendes todo sobre estimulación temprana y resulta que tu hijo viene sobre-estimulado de fábrica y mejor te podrías haber leído el HOLA en ese tiempo. También están los que se empeñan en que su hijo toque el piano y a él lo que le motiva es la zambomba, con suerte de que no tenga el oído en los pies, y estés malgastando su tiempo y tu dinero.

El otro día me comentaba una amiga, con un marido súper deportista que, pese a que han intentado introducir a su hijo en varios deportes con todas las técnicas posibles (en equipo, en solitario; en polideportivo, al aire libre; por esfuerzo, por diversión…), resulta que al angelito no le gustan los deportes y que, si de extraescolares se trata, tomen nota, “el prenda” quiere ir a cocina y a clases de magia. Y con toda la razón, oiga, que cada cual tiene sus gustos, habilidades y apetencias.

En eso de gustos y apetencias, recuerdo que una estudió música porque no le quedaba otra. Ya sabéis, como se hacían antes las cosas en la vieja escuela: mis padres se sacaban de la manga aquella especie de Ley Orgánica “de Pater muy Señor Mío” en la que lo dejaban muy claro en cuanto decían “por el artículo 33”. Y estabas perdido. Ni idea de lo que decía el susodicho artículo, pero ninguna duda acerca de que aquello se cumplía por ley: por la de tu santo padre y tu bendita madre.

Los tiempos han cambiado, ahora los padres estamos más al día sobre técnicas pedagógicas y clases magistrales de psicología infantil. Se ha dado la vuelta de tal forma que los padres deben entender cualquiera que sea la circunstancia del niño. Todo son facilidades, flexibilidad, empatía y gestión de sus emociones de la forma más positiva.

No dudo de la opinión de los expertos, solo faltaría, pero debo decir que sí me inquieta tanto rollo “flower-power” en todo lo relativo a introducirlos en este mundo nuestro que, por cierto, nada que ver.

Arrieritos somos, como diría aquel; así que, como una más, ahí me voy manejando como aprendiz de madre, a medias entre lo que voy aprendiendo y lo que me dicta el sentido común.

Hoy mi hijo tenía claro que era su día, el día en el que ya se siente mayor para cruzar una puerta por sí solo, y no puedo ser yo la que se lo impida (una vez que el sentido común descarta peligros y funciona la sensatez, obviamente). Hoy he comenzado a gestionar el cambio, el del “destete emocional” y, para mi sorpresa, ha sido más fácil de lo que creía. Por algo dicen que los padres no solo debemos dar la vida, sino promover la libertad para vivirla.

En la vieja escuela no se daba mucho eso de la libertad para vivirla, y eso que tuve suerte de contar con una madre coraje que supo “dejarme ir” pese a que no estuvo nunca preparada para el “destete”.

Iremos viendo. Supongo que los peligros acechan y, pese a que no los descartemos, habrá que ir soltando riendas desde el sentido común (recordemos: el menos común de los sentidos).

Por lo pronto, aunque no esté demostrada su eficacia, sigo empeñada y ya he comprado el “Emocionario”, un libro que describe todas las emociones, que enseña cómo y por qué se producen. En teoría, es para niños. Los mayores, de esto, ya saben o eso dicen. Pero reconozco necesitar un buen repaso para, sobretodo, aprender a gestionar estas nuevas emociones: sin dramas, sin enfrentamientos y evitando cualquier torpeza por mi parte.

No sé si tú te conoces, identificas y diferencias bien tus emociones. El recorrido emocional de cada uno es único, desde luego, pero creo que la vida nos somete a diario a nuevos retos y que la curiosidad por ahondar en las emociones puede ayudarnos a gestionarlas. Dejadme entonces que siga aprendiendo con este “Emocionario” y os invito también a que probéis.

Memories

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Mientras buscaba entre mis fotos alguna imagen que me sirviera para ilustrar el reportaje que estoy preparando para el próximo post, de pronto he encontrado varios sobres en una caja que llevaba años sin abrir. Ya sabes, fotos de las de antes: las que se guardaban en álbumes y en cajas y que, con el tiempo, van cogiendo solera, olor a rancio, tacto áspero y un brillo marchito. En una de esas cajas aparecieron, precisamente, las fotos a las que hice alusión hace unas semanas en Facebook.
Como de mis comentarios de aquel día recibí varios mensajes y alguna que otra llamada, os dejo de nuevo aquellas letras. Ahí van:

¿No os pasa a vosotros que hay temas y momentos históricos que os llaman especialmente la atención? No sé si es posible recordarlo ahora a modo de celebración como que aquello se acabó o, mejor, obviarlo y mantenerlo en lo más profundo del “no recuerdo”.
Hace ahora poco más de 10 años que servidora vivía en Texas y que le daba clases de español a un fantástico jubilado de casi 80 años. Lúcido e inteligente. Un ex directivo de General Motors que me pagaba un dineral más bien para que yo mejorara mi inglés porque, a su edad, lo que mejor le venía era compañía y conversación, pero aprender, lo que se dice aprender y estudiar, de eso, poco.
Leyendo la prensa de hoy mi cabeza retrocede 10 años. Se va a aquel día en el que hablando “del mar y los peces” me dio por preguntarle el significado de aquel tatuaje semiborrado en su brazo por el tiempo y las arrugas, y que en principio me habían parecido letras, iniciales de algo, lo que en realidad eran números.
No me contestó. Se le cambió el rostro y tardó apenas unos segundos en ponerse a llorar como un bebé desconsolado. Y allí estaba yo, abrazando a aquel hombre de casi 80 años con el que llevaba solo unos meses compartiendo conversación, risas y cerveza.
Quise darme de cabezazos por mi torpeza cuando, a los dos minutos, él logró pronunciar la única palabra que hablamos jamás sobre ese tema. El dijo: “Auschwitz”. Y solo entonces pude hilarlo todo: la nueva información que me dio esa palabra sobre el nauseabundo sistema de clasificación de presos en los campos de concentración nazis, con la información que ya tenía -origen europeo, judío y gay- que multiplicaba aún más, si cabe, el horror y la barbarie en estado puro.
Mientras escribo estas letras trato de recordar su nombre con todas mis fuerzas y ni siquiera lo consigo. Es posible que lo guarde apuntado tras unas fotos que le hice al volante del deportivo gris que se autoregaló para su “setentaymuchos” cumpleaños.
A los pocos días, recuerdo que visité el Museo del Holocausto de Houston, donde descubrí que había una comunidad importante de judíos supervivientes que se asentaron allí.
Como os podéis imaginar, hubiera dado algo por hacerle a aquel hombre una entrevista o, al menos, poder hablar largo y tendido sobre el tema. No fue posible, creo que a sus 80 años se merecía más horas de risas y cerveza que de otra cosa. No sé, o a lo mejor a él sí le hubiera gustado “vomitar” más sobre aquel tema y fui yo la cobarde entonces. De todas formas, hoy mi recuerdo está en aquel día con él, en aquel abrazo fuerte, largo, duro e impotente.

Este texto fue publicado en mi perfil personal de Facebook el 27 de enero de este año, en relación a una noticia que anexaba sobre el 70 aniversario del holocausto judío y los horrores de Auschwitz.

Por qué “claramentesocial”

Flash

Como tú o como tantos otros, llevaba tiempo pensando en esto. En esto del blog, digo. No por mí, que espero no caer a menudo en la tentación del protagonismo fácil por ser este mi propio espacio. Tampoco por ti, que seguro tienes cosas más importantes que hacer que pasarte por aquí cada dos por tres. Sino porque hay tantas cosas que merecen ser contadas que toda ayuda es poca.

Sabemos que el periodismo está en decadencia, que va perdiendo la guerra de poder por la verdad, por lo importante y lo humano. Por eso, yo que aún arrastro vocación y tengo fe en el periodismo de trinchera, me serviré de este -mi pequeño refugio- para contar historias de actualidad, anécdotas, sentimientos compartidos, viajes, pensamientos, conversaciones, ecos, realidades y, posible e inconscientemente, algo de ficción, pero con una máxima: RESPETO, el que se aprende solo desde una mente abierta y viajada. Y como una es de mente abierta pero nunca lo suficientemente viajada, procuraré no dejarme llevar aunque, cuando lo degradante de la realidad de la que hable así lo requiera,  me permitiré que brote la transparencia y la sangre caliente que corre por mis venas.

ClaraMenteSocial nace de mi propia esencia. Te explico: Clara, y es que no podría haberme llamado de otra forma, porque a las cosas siempre las llamo por su nombre y he aprendido que la realidad, cuando no es justa, suele ser porque muchos le han perdido el respeto y, precisamente a esos, se lo perdí yo hace tiempo.  Mente, porque dicen que es la potencia intelectual del alma: de potencia no tengo nada; de intelectual, lo justo; pero es desde la integridad del alma desde donde me gusta escribir y son las almas a las que me gusta conquistar. Y Social, porque es la única palabra que no podía faltar, ya no por considerarme todo un “bicho social”, que lo soy elevado a la enésima potencia, sino porque son los temas sociales los que me mueven y más me conmueven.

Así, desde aquí, desde este minúsculo rincón del ciberespacio del que me he apropiado, voy a intentar tocarte el alma, si me dejas, mediante este viejo arte de juntar palabras sobre todo eso que necesitaba ser contado.