Los hombres que no aman a las mujeres

Sin dramas, sin estridencias, sin victimismo alguno. Así me esperaban ellas la otra mañana en un café cualquiera para charlar y contarme su experiencia, pese a que venían a desnudar el dolor que sintieron un día, tantos días. Ellas son un pequeño grupo de valientes que agradecen a día de hoy poder hablar del tema abiertamente después de que la soledad, el silencio, las vejaciones y las lágrimas fueran solo algunos de sus compañeros de viaje. Por eso venían tranquilas, con la serenidad que da el contar las cosas con perspectiva, cuando ya ha finalizado la carrera de obstáculos.

Llevo dos meses queriendo escribir sobre esto, pero hay temas que abrazan la sensibilidad en exceso y, este, el de la violencia de género, es uno de ellos. Uno de los asuntos con los que es fácil meter la pata y, presiento, los periodistas debemos cuidar el tacto. Nuestro trabajo debe ayudar a esa denuncia social pero, en realidad, el mundo de las emociones es el más complicado porque no hay nadie con derecho a hurgar donde no te invitan a hacerlo. Por suerte, en esta ocasión he sido invitada, así que me siento en deuda con ellas, por hacerme partícipe de un dolor muy suyo que, aunque compartan, es absolutamente de su pertenencia. Incluso entre ellas, habiendo pasado por circunstancias similares: no comparan, respetan, escuchan. Eso sí, encuentran enseguida varias conexiones: como la de haber sufrido el dolor y la humillación en carne propia, como la del sentido de culpabilidad o la de haber buscado durante un tiempo una justificación a lo que les estaba ocurriendo.
Creedme, ha sido muy difícil plantearme este tema de la violencia de género e intentar no caer en el victimismo, tratar de no plasmar un titular escabroso, de esos que estamos cansados de leer, con porcentajes o cifras de denuncias, condenas o muertes comparadas con las del año anterior. Concienciar o favorecer la información útil sobre este asunto sin tropezar con el recurso del sensacionalismo es, cuanto menos, laborioso. Seguro que habéis visto fotos e imágenes impactantes de campañas de violencia de género: hematomas, brechas, heridas abiertas, sangre… pero, sin minimizar lo obvio, este problema va mucho, pero mucho más allá de lo que salta a la vista. Ni todo lo que no se ve, no existe; ni todo lo que no nos cuentan, deja de hacer daño; ni todo lo que se calla, desaparece.

Leyes injustas, silencios amedrentados, tratos vejatorios y pesadillas del día a día de tantas mujeres que no pueden (no saben) pedir ayuda.

Efectivamente, sabía que en algún momento me decidiría a escribir sobre esto. La suerte de tener una familia respetuosa o un marido que te protege no te evita la posibilidad de salir ahí fuera y encontrarte con un mundo de seres rastreros, no sé si enfermos, frustrados -puede ser- pero cobardes al fin y al cabo, que usan su fuerza, poder o superioridad para destrozar retales de vida. Que ¿por qué retales? Pues, porque si hay algo que quisiera plasmar con este post es que un retal es solo un trozo, un capítulo del libro, una pieza de todo un puzle y, tras este pedacito herido y semi-destrozado, vienen otros muchos que aprender a reconstruir. Con ayuda, sabiendo dar los pasos adecuados y con valentía, hay muchos más capítulos que escribir lejos de aquellos momentos oscuros y de esos monstruos que protagonizaron las pesadillas.
Laura, Sole y Patricia son solo tres entre los miles de mujeres “heridas” en España. Sin heridas físicas, pero es que los abusos de la violencia de género no se quedan solo en heridas abiertas, sino que pueden ser también abusos emocionales, sexuales, económicos, ambientales y/o sociales.
En 1993, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Declaración sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Que las Naciones Unidas se pusieran “manos a la obra” es señal de la necesidad evidente de protección que tiene este colectivo. De hecho, en el artículo 1 de tal Declaración, se define la violencia contra la mujer como “Todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la privada”.

Más de veinte años han pasado desde tal Declaración y acotar el acoso y la violencia contra las mujeres sigue siendo una tarea pendiente. Hubo que esperar a la Ley Orgánica 1/2004 de 28 de diciembre por la que, en su artículo 30.1, se crea el Observatorio Estatal de Violencia sobre la Mujer. Es curioso, como de broma, cómo un organismo de vital importancia y necesidad como este, se crea el día de los Santos Inocentes. Todo un preludio a que el problema en sí mismo tardará mucho, pero que mucho en ser erradicado.
Laura, Sole y Patricia coinciden en muchas cosas, demasiadas. Las tres tardaron en darse cuenta de lo que les estaba sucediendo. Todas ellas confiesan haberse resistido a reconocer un problema grave con sus parejas y que, cuando lo admiten, se encuentran aisladas: de sus amigos, de sus familias.

Las tres han logrado pasar página, separarse y, a día de hoy, intentan retomar sus vidas: Sole es un chorro de energía desbordante con muchos proyectos en mente; Laura aparenta no haber salido del todo de ese bucle mental y parece que aún necesite algo de ayuda; y Patricia es la más reflexiva, la que parece haber evolucionado más después de pasar página. Estas 3 mujeres en concreto están entre los 35 y los 45, pero la edad no es ningún indicador. Actualmente no existe un perfil claro de mujer maltratada: ni por edad, ni por estatus socio-económico.

Pese a sus experiencias, definen a sus ex-parejas como personas que saben dosificar, que saben comportarse socialmente y luego, en casa, son de otra manera. Por ello también la dificultad de obtener un perfil de maltratador y, por supuesto, lo difícil que resulta mostrar al entorno que esa persona no es lo que aparenta ser. Afortunadamente, esto no es siempre así, en ocasiones el maltratador sí deja ver una actitud más o menos agresiva, controladora y de superioridad, que facilita el proceso de evidenciar un caso de violencia machista.

Les voy haciendo preguntas y me contestan de manera intercalada, se van dando la razón e incorporan argumentos y opiniones a las primeras respuestas:

¿En qué momento os dais cuenta de que vuestra relación no es normal y estáis sufriendo una situación de violencia de género?
– Mi primer maltratador fue con 17 años. Me daba empujones, me llamaba gorda… Hasta su madre me decía: “no sigas con él, es igual que su padre”. Reconozco que he tenido facilidad para equivocarme y que, desde bien jovencita, empecé a estar “tocada” y a sentirme inferior.

– Pueden pasar desde dos días hasta toda una vida. Para reconocer el problema hay que ser valiente. Requiere casi más esfuerzo reconocerlo que enfrentarte todos los días a lo mismo. Recuerdo haber empezado a llorar en la propia luna de miel. Creo que, a partir de ahí, nunca dejé de llorar y de sufrir mientras estuve con él.

– El tiempo que cada una necesita para hacer la lectura interior, para llegar al autoconocimiento. Llega un momento en el que empiezas a pensar en qué quieres y qué no. Si existen las mujeres maltratadas es porque nosotras hemos permitido que nos maltraten y hay que evitar esto: hay que ayudar, enseñar y formar a todas esas mujeres que están en la cuerda floja para que sepan decir no y aprendan a quererse. Al principio, una mujer maltratada no se siente como tal, todo lo contrario: se siente culpable.

¿Recuerdas qué sentías o cómo te hacía sentir tu pareja por si esto pudiera servir de efecto-alarma a otras mujeres?
– Como una niña. Me veía como una niña que esperaba la bronca inexplicable en cualquier momento.

– Chiquitita, chiquitita, chiquitita… me hacía sentir que era insignificante.

– “Inútil” era una de sus palabras favoritas y, al final, te lo crees.

¿Cómo fue vuestro proceso de apertura y el momento en el que decís: hasta aquí he llegado?
– Yo di muchos pasos porque primero fueron las visitas al hospital con los ataques de ansiedad y los psiquiatras me decían: “pero no lo aguantes”. Y aguanté 3 años más… Al principio estaba aislada, perdí mi capacidad para relacionarme y me daba vergüenza hasta contárselo a mis hermanas, a mis mejores amigas… Hay que estar en nuestra piel para opinar y, aunque tú no quieras, sigues amando a tu maltratador. Lo que nos lleva al punto de que muchas mujeres mueran es que no eres consciente de hasta dónde va a ser capaz de llegar la otra persona. Como tú no eres así, te niegas a pensar que la otra persona sea capaz de dañarte hasta ese punto. Sigo soñando con él y tengo verdaderas pesadillas.

– Las amenazas. Cuando te suelta frases como “o haces tal cosa o te reviento la cabeza” o “merecerías estar muerta” recibes instantáneamente el aviso mental de que te está diciendo lo que es capaz de hacer. Tengo muchas palabras suyas grabadas en la memoria que fueron como una vuelta de tuerca y, cuando ellos dan esa vuelta de tuerca, no hay retorno, de ahí van a más, in crescendo.

– Cuando aprendes a abrazarte sola y comprendes que, desde la dependencia, no hay amor, hay eso: dependencia. Un día me di cuenta de que el dolor era más grande del que podía soportar. Creo que las mujeres tenemos una capacidad de sufrimiento infinita. Un día la bronca empezó en el coche y sabía lo que me esperaba al llegar a casa. Pensé en tirarme del coche en marcha y eso me hizo un click en la cabeza: prefería que me matara otro coche antes de volver a pasar por otro episodio de los suyos.

¿Consideráis al hombre maltratador como un enfermo?
– No sé si enfermo, pero hay en ellos un patrón de perversión emocional. Ahora que se habla tanto de inteligencia emocional, creo que son inteligentes emocionalmente pero que lo utilizan desde la perversión.

– Es posible que tanto el maltratador como la mujer maltratada. El maltratador porque no puedes estar en tu sano juicio mientras le haces daño a la persona que supuestamente quieres. Y la mujer maltratada (algunas) porque a lo mejor estamos “programadas” para ir de maltratador en maltratador. Nos sentimos inferiores y ¿cómo compensamos el sentimiento de sentirnos inferiores? Pues, sintiéndonos víctimas. Hay que conseguir salir de ese victimismo para “curarse”.

– No sé si llamarlo enfermedad social. Hay muchas familias que siguen todavía con unos roles del siglo pasado y, cuando lo has vivido en tu familia, donde has visto cómo el papel de la madre es un cero a la izquierda porque el único que cuenta es el del padre, es realmente difícil deshacerte de todo eso. Nacer en una sociedad tan desmedidamente patriarcal dificulta el ejercer como un marido o un padre del siglo XXI.

¿Qué relación mantienes actualmente con tu expareja y padre de tus hijos?
– Ninguna. Me sigue dando miedo. Ni siquiera puedo verlo: cuando me llama para hablar con las niñas, tiemblo.

– Lo veo a años luz. Ahora tengo la seguridad y la fuerza que me faltaba cuando estaba con él. Por mi bienestar y el de mis hijos, mantengo algo parecido a una cordialidad desde la distancia.

– Intento no revivir ninguna de las situaciones con él. Me imagino que todo fue anecdótico para dejar que mis hijos pasen los fines de semana con su padre sin que esto me suponga un desequilibrio emocional. Es difícil.

Como os comentaba antes, estas 3 mujeres (a las que por razones obvias les he cambiado la identidad) son un ejemplo de valentía, pero hay que subrayar que es una valentía necesaria. Sin un primer paso por su parte, sin un “basta ya”, es prácticamente imposible procurarles seguridad y ayuda del tipo que sea.
Lamentablemente, los escenarios de máxima tensión y de violencia extrema se producen de forma inesperada por lo que, muchas veces, la opción es la de llamar cuanto antes a la Policía o Guardia Civil de la localidad en la que se resida y poner una denuncia. También es cierto que las denuncias no suelen interponerse ante la primera señal de maltrato. Cuando una mujer maltratada se decide a dar el paso, lleva sufridas incontables situaciones desagradables. Es necesario ofrecer una seguridad a esas mujeres desde el inicio para que la gota que colma el vaso no llegue demasiado tarde.

Sin embargo, la mayoría de veces se trata de ese tipo de maltrato difícil de demostrar, el que no conlleva violencia física y para el que la mujer, pese a sentirse en esa situación de desamparo, no sabe adónde acudir. En este caso existen teléfonos de atención específica para mujeres en situación de violencia de género, como el 012, o como el 900 222 100 que funciona las 24 horas.

En el año 2005, la Ley Integral de la Violencia de Género dio un paso más y se empezaron a desarrollar programas de ayuda y terapia psicológica, no solo para las mujeres maltratadas, sino para los menores y las personas dependientes que hay en las familias con problemas de violencia de género. La Fundación ANAR, por ejemplo, ofrece ayuda a menores en situación de riesgo con un número de teléfono específico para menores de 18 años: 900 20 20 10.

En Madrid, tras el convenio que suscribió en 2005 cada Ayuntamiento con la Comunidad Autónoma para temas de igualdad y violencia de género, contamos con los Puntos Municipales del Observatorio Regional de Violencia de Género. Allí se asiste, mediante un equipo multidisciplinar, a todas las mujeres que solicitan ayuda, tanto si llegan con o sin orden judicial.

Mar Calle es la Coordinadora del Área de Violencia de Género del Ayuntamiento de Boadilla del Monte, Madrid, una Psicóloga con los suficientes años de experiencia para estar muy por encima de cualquier cambio político en su Ayuntamiento. Su conversación es clara y comprometida, con una exposición real de la problemática, de las carencias de su equipo para enfrentarse a la demanda de las mujeres del municipio, y orgullosa también de los programas que han podido poner en marcha.

Es quizá Mar quien me abre más los ojos en este tema. Ella me hizo ver que, las campañas a través de los medios de comunicación social que denuncian la violencia de género, comenzaron siendo muy positivas al hacerse eco de un problema que fue invisible durante mucho tiempo, pero también han hecho daño al identificar el problema únicamente “con el ojo morado”.

A menudo aparece publicado cómo Boadilla del Monte es uno de los municipios de España con mayor Renta Per Cápita. Sin embargo, Mar Calle habla abiertamente de que no hay medios suficientes. Me comenta cómo estos Puntos Municipales del Observatorio de Violencia de Género están muy bien, cuentan con personal cualificado (3 psicólogas, 2 abogados y 1 trabajador social) pero que, a nivel económico, dejan mucho que desear: “las ayudas económicas para vivienda y cualquier tipo de cobertura asistencial están fatal”. Y, la verdad, no me sorprende, nadie va luciendo ayudas por maltrato por la calle, como argumento electoral luce siempre más una nueva pasarela, una rotonda, una fuente o los nuevos contenedores de reciclaje imposible.

Sin embargo, Mar muestra una vocación envidiable, no solo es transparente en cuanto a las restricciones con las que trabaja o a sus quejas respecto a la poca formación y sensibilización de los jueces sobre la violencia de género, sino que traslada fácilmente a la palabra la tenacidad con la que trabaja. Cree de manera firme que la solución a la violencia de género pasa necesariamente por la educación y en ese sentido se esfuerza en concreto, junto con colegios e institutos, desarrollando programas de información para adolescentes.
Pensaba hablar en este post del tema de las denuncias falsas, un tema mediático por lo curioso, pero Mar me dejó claro que en absoluto por lo estadístico: “el 99% de las denuncias son verídicas y esto lo dice todo”. No tengo nada más que añadir. Dejaré que sean otros en sus blogs los que hablen del 1% restante.

Desde aquí mi agradecimiento a Mar Calle, por abrirme la puerta de su despacho, por su conversación y por hacerme partícipe de su compromiso. Además, felicito al Ayuntamiento de Boadilla por contar con esta buena profesional, aunque dejo también constancia del tirón de orejas correspondiente por no destinar la partida económica necesaria. Y, sí, señores, no me vengan ahora con que esto son asuntos de la Comunidad, que las maltratadas son vecinas y los Ayuntamientos tienen su área correspondiente de Asuntos Sociales.

Como veis, he tenido la oportunidad de conversar con mujeres que han experimentado en carne propia la violencia de género y con una profesional que lleva años gestionando la problemática entre estadísticas y perfiles de maltrato. Pero no podía quedarme ahí, me faltaba algo esencial para cerrar el círculo: el maltratador.

Inge Azpitarte es Psicóloga de prisiones y terapeuta de violencia de género. Su trabajo le enfrenta a diario con reclusos que están dentro del Programa de Tratamiento para Agresores. Inge insiste en que no hay un perfil concreto de maltratador (al igual que no lo hay de mujer maltratada) aunque sí suelen compartir características comunes. Hay conductas que se aprenden, dice, y los malos tratos son más habituales en personas que lo han visto o vivido en su propia casa.

A la hora de desarrollar el Programa, esta Psicóloga de prisiones cuenta cómo se trabajan aspectos como la asunción delictiva, la empatía con la víctima de cara a disminuir la probabilidad futura de reincidencia, las distorsiones cognitivas relacionadas con la violencia y los valores, la autoestima, el desarrollo de habilidades sociales y expresión emocional, y técnicas de autocontrol.

Como especialista en violencia de género, esta profesional reconoce que el sexismo es el caldo de cultivo de la violencia machista, pero que va unido a otros factores como la carencia de autoestima y la impulsividad.

Además de agradecer a Inge su colaboración desde el minuto uno, su tiempo y su paciencia, reproduzco su opinión, y no puedo estar más de acuerdo, acerca de la única manera de acotar el problema de la violencia de género. Una vez más, la educación aparece en el epicentro de cualquier posible solución: “No me refiero a dar una charla en el instituto una vez cada cinco años, es importante que se enseñe a los niños a respetar a los demás y a hacerse respetar de igual modo. Es alarmante ver los últimos estudios donde se observa un repunte de comportamientos machistas entre los más jóvenes. Nada justifica el uso de la violencia, nada. Y una paliza es horrible, pero las heridas en el alma que producen el miedo y las humillaciones que sufre una mujer maltratada, no se curan jamás.”

Por lo que conozco de Inge, sé que es una persona comprometida, no solo con esta, sino con otras muchas causas sociales, por lo que podéis imaginaros lo que dio de sí la conversación de alguien que, como ella, asume su papel de terapeuta con vocación de servicio y que aún cree que cambiar es posible, pese a que sea un camino largo y difícil.

Sé que Inge se quedó con ganas de contarme más cosas y no os imagináis cómo me apetece escucharlas, pero también sé que tenemos un café pendiente del que saldrá otro post, estoy convencida.

María José también es Psicóloga de un centro penitenciario, especialista en intervención social y violencia de género. Esta Psicóloga de prisiones, en concreto, trabajó durante años en el Programa Vitrubio de Castilla-La Mancha, un programa de reeducación de agresores contra la mujer en el que empleaban estrategias y técnicas diversas: desde la expresión emocional, el manejo de la ansiedad, la autoestima, reevaluación cognitiva, habilidades de comunicación, análisis y resolución de conflictos… todo ello encaminado a que los hombres aprendan nuevas formas de relación con la mujer, positivas y saludables y, por supuesto, en términos de igualdad.

Es curioso ver cómo los buenos profesionales siguen creyendo en su trabajo, de lo que me alegro. A título personal, sin embargo, me cuesta creer que “la bestia” se convierta en príncipe y que trate a “Bella” como se merece, desde una posición de igual a igual, desde el respeto. Es lo bueno de que esto, en vez de un reportaje para cualquier magazine, sea un post en mi blog y pueda plasmar mi opinión sin complejos.

María José, como no podía ser de otra forma, también habla de la educación como eje asociado al origen del problema: “Si decimos que se trata de una construcción social, parece evidente que es importante invertir, y no solo económicamente – que también-, en educación en igualdad. Es necesario que nuestros niños y niñas palpen esa igualdad en nuestras casas, en el lenguaje que empleamos cuando vamos al médico, en el escaparate de una juguetería o cuando ven la televisión.”

De la conversación con María José, que está tan implicada a nivel personal que hasta pone ejemplos de la educación de su propia hija, me quedo con un supuesto que comentó para aclararme la esencia misma del maltrato de género y su relación con el consumo de alcohol y/o drogas: “Imaginemos a un hombre que se va de copas y se emborracha. Desde que sale del último bar hasta que llega a su casa lo habitual es que se encuentre con varias personas por la calle a las que no agrede pero, en cuanto abre la puerta de su casa, comienza la agresión verbal, física, emocional… Y este hombre, además, agredirá a su compañera cuando ya no esté bajo los efectos de ningún tóxico. El consumo de drogas o alcohol puede agravar el problema pero no es la causa del mismo. Hay muchos hombres que beben y consumen y que no agreden a las mujeres.”

Os confieso que lo más duro a la hora de escribir este post ha sido entrar en situación leyendo folletos y algunos programas para mujeres maltratadas por sus parejas, las mismas que aún no reconocen abiertamente que lo son y que hay que facilitarles el trabajo haciendo que tan solo marquen con una cruz situaciones que hayan vivido como:
– Te aplasta la cara contra el plato de comida
– Te llama con un ruido o un chasquido para llamar tu atención como se hace con los animales
– Te arrastra del pelo
– Ignora tu presencia, no te contesta, hace como que no existes

Y esos señores están ahí fuera, “andan sueltos”, y quizá todo empieza por controlarte el móvil, abrir tu bolso y examinar lo que llevas, registrarte los cajones, llamarte a todas horas y pedirte explicaciones de cada movimiento.

No soy quién para ofrecer conclusiones sobre un tema que se me escapa tanto al entendimiento, pero sí creo que es importante recordar que nada justifica el maltrato, que actualmente contamos con una legislación que asiste a mujeres en esta situación y que contempla formas de protección.

El amor solo tiene sentido si amamos desde la libertad. Si no es así: atrévete a romper tu relación, pide ayuda e inicia la desintoxicación emocional que necesitas.

Publicado por

Clara Vega Lanza

Vivo en Madrid, pero nací y crecí en Gijón, estudié en Salamanca, pasé mis mejores veranos en Fuengirola y también he vivido en Roma, en Edmonton (Alberta, Canada) y en Houston (Texas, USA). En lo académico, soy Licenciada en Periodismo, Diplomada en Música, Master en Publicidad y Comunicación Empresarial, Postgrado en Marketing Communications y en Cooperación al Desarrollo. Sobre Responsabilidad Social, leo todo lo que cae en mis manos, disfruto e intento aprender, pero aún no forma parte de mi background académico oficial, que sí oficioso. También estudio el Grado de Trabajo Social por aquello del no aburrirse: sin prisa, por puro placer. En lo profesional, trabajé unos años como periodista pero tardé más bien poco en quebrantar mi propia voluntad para dedicarme a la Comunicación corporativa. Pero siempre me he sentido más periodista que comunicadora y más inquisidora que comprometida con el status quo. En lo familiar, encontré hace tiempo a mi compañero de vida. En 2009, subimos al barco a un nuevo tripulante y nuestro hijo supone, a día de hoy, la mayor y más difícil aventura de supervivencia. En lo personal, amante del mar (la foto de portada es una de mis “trincheras”) y de los viajes, me tomo la vida con humor aunque me paso con el sarcasmo, adoro la picardía y promuevo la acidez. Disfruto de la conversación como nadie, saboreo las tertulias con mi gente, defiendo las causas perdidas, atesoro a mis amigos y no me canso de seguir intentándolo todo porque, un día, la vida me dio una lección y me concedió esta segunda oportunidad para hacer miles de cosas, como esta de contar historias que debían de ser contadas. A punto de cumplir los 40, y no, no soy una tía moderna: no me he dado al running ni al electrofitness, confieso disfrutar más un whisky que el gintonic más chic, no salgo sin un retoque –o varios- frente al espejo, me canso antes del sushi que de la fabada, loca por los helados hasta en invierno y vibro más escuchando flamenco que cualquier otra música. Por lo demás, soy humana en demasía, procuro camuflar mi exceso de sensibilidad, vivo con tanta intensidad que me cuesta mantener la calma, cuento con una enfermiza tendencia a la verdad, aunque duela, y si hay algo con lo que realmente disfruto, es haciendo cosas por primera vez, como cualquier viaje a un nuevo destino o, por ejemplo, esta, la aventura de tener mi primer blog.

5 comentarios en “Los hombres que no aman a las mujeres”

  1. Articulazo, Cla, me quito el sombrero. Lo ¿malo? es que me han quedado ganas de patear traseros después de leerlo 😀
    Si me tengo que quedar con una frase, es esta: “Creo que son inteligentes emocionalmente pero que lo utilizan desde la perversión”. No sé si en todos los casos es igual, pero sí que creo que hay un perfil de maltratador que encaja perfectamente en esa descripción.

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    1. Muchas gracias.
      Y cierto, es tremendo, y más aún las anécdotas y comentarios que he dejado de contar en el blog, por lo íntimo y lo cruel que podrían resultar. Es gratificante volver a sentirse periodista: el aprendizaje es un no parar.

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  2. Se me ponen los pelos de punta, una vez mas al leer unos cuantos testimonios como hay ciento de mujeres que sufren día a día el maltrato de unos tipejos pequeños y desgraciados que no son nada y por eso maltratan a la única persona que tienen al lado y que tanto amor les han dado sin pedir nada mas que un poco de respeto.
    Me encanta tu articulo, realmente pones el dedo en la llaga en esta lacra social que es la violencia de genero y que tantas vidas se ha llevado ya.
    Sigue adelante que lo haces muy bien.

    Con tu permiso se lo voy a pasar a mi amiga, haber si se identifica con algo de todo esto

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  3. Uffff este tema se me hace muy duro, es incomprensible que pasen estas cosas, y lo peor es que aunque no lo veamos pasa, con mucha más frecuencia y mas cerca de lo que nos imaginamos. Es para reflexionar el papel que jugamos como padres para educar a nuestros hijos a quererse y hacerse respetar, así como a amar desde el respeto y a la libertad de los otros. Gracias Clara por tan interesantes reflexiones, eres una gran periodista, gracias por el regalo de tu pasión por esta profesión! Muak

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