Esos negros de África

Rostro niña africana

Tan solo en los últimos 3 días, miles de inmigrantes ilegales han arribado a las costas del Sur de Italia. El número produce escalofríos: en España dicen que son 5.600; mientras, otros medios de comunicación en Italia, hablan de 8.480 inmigrantes. Y no da igual, no son números: son personas, rostros de una tragedia vivida en carne propia, ejemplos del miedo y la desesperación humana, vidas a las que la dignidad dio la espalda desde el minuto uno, símbolos de un proceso de incompetencia política y de privación de Derechos Humanos.
Ayer mismo, testigos supervivientes del naufragio de una de estas plataformas flotantes de tráfico de inmigrantes ilegales, comunicaban el horror de unas 400 personas que habrían fallecido ahogadas intentando llegar a la región italiana del Reggio di Calabria. Esto sucedía solo un día después de que, autoridades policiales españolas y marroquíes, impidieran el nuevo asalto de la valla de Melilla a 300 inmigrantes subsaharianos.
Creo en los Derechos Humanos. Y digo que CREO porque se vulneran constantemente en tantos lugares del mundo, que hay que seguir creyendo para no dejar de luchar por ellos.
No sé si alguna vez te has preguntado cómo deben malvivir esas personas para arriesgarlo todo, sus vidas y hasta las de sus hijos. No sé si alguna vez te has parado a pensar en “esos negritos”. No sé si, tan siquiera, a veces te cuestionas la realidad.
En una de esas frases que han corrido esta semana por la red a modo de marcha fúnebre por la muerte de Eduardo Galeano, decía este escritor uruguayo que se sentía agradecido al periodismo por haberle sacado de la contemplación de los laberintos de su propio ombligo. No comulgo con la visión intelectual -en lo político y económico- del Sr. Galeano, pero hay una parte humana -la de la sensibilidad del alma y de su pluma- que estoy obligada a admirar y compartir.
Es cierto, es una suerte pertenecer a esta profesión que se abre ante lo ilegible de otras realidades, a lo difícil de entenderlas, a lo cuasi imposible de evitar juzgarlas y a la satisfacción de poder contarlas.
No creo que Europa le esté dando la espalda al problema, pero sí estoy convencida de que las políticas centradas en el control de fronteras y no en el rescate de personas dificultan las posibles soluciones.
Las condiciones de vida infames en el continente africano obligan a la migración. Incluso, algunos gobiernos han tomado esta como una vía de desarrollo. No hay que olvidar que la fuente de divisas extranjeras siempre ha contribuido a sostener la balanza de pagos.
Durante décadas se han ido forjando rutas de migración. La ruta del África Occidental: la que se utiliza desde Mauritania, Guinea Bissau o Mali. La ruta del Mediterráneo Oriental: en la que ciudadanos de Afganistán, Pakistán, Iraq y Somalia pasan a Grecia. La ruta del Mediterráneo Central: con origen en el Golfo de Guinea y en el cuerno de África, y con destino final Malta e Islas Pelagias en Italia. Y la ruta del Mediterráneo Occidental: la de esos miles de marroquíes y argelinos que acaban en campamentos próximos a las fronteras de Ceuta y Melilla para encontrar el momento idóneo de saltar la valla fronteriza.
Cuando veas sus caras en las noticias, cuando las imágenes de “esos negros o esos moros” apilados en embarcaciones neumáticas, escondidos en el imposible agujero de un motor o encaramados a una valla entrampada con pinchos y cristales rotos, pregúntate alguna vez por qué. No he necesitado preguntármelo más veces. Yo entendí a la primera que es preferible la sangre y el mar abierto, al hambre y a la guerra; que me quedo con los rezos y los miedos antes que con el dolor y la amenaza; que me aferraría a cualquier mínima esperanza y me arriesgaría a una muerte fría para evitar la muerte lenta en vida de una realidad sin futuro.
Frontex (la Agencia Europea para la Gestión de la Cooperación Operativa en las Fronteras Exteriores de los Estados miembros de la Unión) prevé para este año unas cifras record de inmigración ilegal en Europa. Ojalá el apoyo técnico y logístico de la agencia termine yendo más allá de la lucha contra los traficantes de vidas y del control de fronteras, porque el efecto de las políticas que cierran la puerta a todos los que huyen del hambre y de la guerra es terriblemente monstruoso.

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Publicado por

Clara Vega Lanza

Vivo en Madrid, pero nací y crecí en Gijón, estudié en Salamanca, pasé mis mejores veranos en Fuengirola y también he vivido en Roma, en Edmonton (Alberta, Canada) y en Houston (Texas, USA). En lo académico, soy Licenciada en Periodismo, Diplomada en Música, Master en Publicidad y Comunicación Empresarial, Postgrado en Marketing Communications y en Cooperación al Desarrollo. Sobre Responsabilidad Social, leo todo lo que cae en mis manos, disfruto e intento aprender, pero aún no forma parte de mi background académico oficial, que sí oficioso. También estudio el Grado de Trabajo Social por aquello del no aburrirse: sin prisa, por puro placer. En lo profesional, trabajé unos años como periodista pero tardé más bien poco en quebrantar mi propia voluntad para dedicarme a la Comunicación corporativa. Pero siempre me he sentido más periodista que comunicadora y más inquisidora que comprometida con el status quo. En lo familiar, encontré hace tiempo a mi compañero de vida. En 2009, subimos al barco a un nuevo tripulante y nuestro hijo supone, a día de hoy, la mayor y más difícil aventura de supervivencia. En lo personal, amante del mar (la foto de portada es una de mis “trincheras”) y de los viajes, me tomo la vida con humor aunque me paso con el sarcasmo, adoro la picardía y promuevo la acidez. Disfruto de la conversación como nadie, saboreo las tertulias con mi gente, defiendo las causas perdidas, atesoro a mis amigos y no me canso de seguir intentándolo todo porque, un día, la vida me dio una lección y me concedió esta segunda oportunidad para hacer miles de cosas, como esta de contar historias que debían de ser contadas. A punto de cumplir los 40, y no, no soy una tía moderna: no me he dado al running ni al electrofitness, confieso disfrutar más un whisky que el gintonic más chic, no salgo sin un retoque –o varios- frente al espejo, me canso antes del sushi que de la fabada, loca por los helados hasta en invierno y vibro más escuchando flamenco que cualquier otra música. Por lo demás, soy humana en demasía, procuro camuflar mi exceso de sensibilidad, vivo con tanta intensidad que me cuesta mantener la calma, cuento con una enfermiza tendencia a la verdad, aunque duela, y si hay algo con lo que realmente disfruto, es haciendo cosas por primera vez, como cualquier viaje a un nuevo destino o, por ejemplo, esta, la aventura de tener mi primer blog.

Un comentario en “Esos negros de África”

  1. Son invisibles para los encargados de gestionar la ayuda que a muchos nos gustaría brindar a estos pobres desgraciados. También lo son para quienes tenemos la obligación de exigir a esos encargados que dejen de dedicar pasta y recursos a forrarle el riñón su primo el inútil y se la dediquen a gente que se arriesga a morir por encontrar un futuro.
    Y así andamos por la vida, mirando hacia otro lado para que no se nos parta el corazón.
    Me pongo mala, Cla, me pongo mala…

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