Banjarmasin, una ciudad sobre el agua

Conocemos Borneo por ser una de las islas más extensas del planeta pero, en realidad, esta isla se reparte entre tres países: Brunei, Malasia e Indonesia. Y a esta última nos vamos a ir, al Borneo indonesio que, en su idioma, la isla toma el nombre de Kalimantan y ocupa tres cuartas partes de la superficie total de Borneo.

Una zona de jungla frondosa recorre gran parte de Kalimantan, con una importante población de orangutanes, de los pocos que viven en libertad en el mundo.

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En el Kalimantan meridional nos encontramos con la capital, Banjarmasin, una ciudad de más de 600.000 habitantes. La llaman “La Venecia del Este” por el ambiente fluvial entre canales, supongo. Lo cierto es que no sé quién hizo semejante comparación. Los canales venecianos se tornan cloacas en esta Indonesia veneciana.

En Banjarmasin, la democracia lucha por hacerse un hueco enfrentándose a los grupos islámicos conservadores radicales.

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Los primeros palafitos en las cloacas, construidos ya hace décadas con licencia de las autoridades locales, intentan mantenerse en pie, sin luz ni agua corriente, en un país a la deriva en el que la inyección económica del turismo que llega a algunas islas como Bali, no parece cubrir ni las necesidades más básicas de los miles de habitantes de Banjarmasin.

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Pocas carreteras, algún camino que se adentra en plantaciones y, el resto, un universo de canales que se crean de la confluencia del río Martapura con el río Barito.

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Una ciudad de miseria sobrellevada con dignidad, un mundo de sonrisas gratuitas en la más absoluta pobreza, un pedazo de infierno para cualquier occidental.

El gran canal Kalayan reúne cientos, miles de chabolas construidas sobre un agua de aspecto denso y amarronado, donde “hace vida” una población sufrida. Frente a los palafitos, hay escaleras maltrechas que utilizan los niños para lanzarse al agua, las mujeres para sentarse a frotar su colada o la vajilla de plástico, y todos ellos para el aseo personal. El pantalán de tablones retorcidos hacia las escaleras, en el mejor de los casos, cuenta con una caseta unipersonal que utilizan como w.c., sin desagüe, con una cavidad que desemboca en el canal, en el mismo donde a pocos centímetros se lavan los dientes o nadan entre reptiles incluso, a veces, anacondas que se cuelan en sus viviendas.

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El circuito por los canales de Banjarmasin es duro. Hay que ser de otro mundo para no cruzarlo con un nudo en la garganta, ante una realidad cruda y miserable, y otro nudo en el estómago, por la mugre y olores nauseabundos.

Banjarmasin no tiene mar. El mar de Java se encuentra a más de 20 kilómetros; sin embargo, se respira un ambiente fluvial entre el movimiento comercial de las canoas y el pequeño astillero artesanal.

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La vida comercial de Banjarmasin conserva aún un importante toque primitivo: el mercado flotante. El Lok Baintan Floating Market imprime a la ciudad un estilo casi medieval de supervivencia, compra-venta e intercambio de productos frescos y cocinados.

Todos los días, antes incluso de que amanezca y siempre a la misma altura del río, desde todas las direcciones y ramificaciones de los canales comienzan a llegar canoas. Unas 200, quizá más.

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Frutas, verduras, pescado deshidratado, algún frito casero o arroz envuelto en hoja de platanero. El colorido del mercado es espectacular entre las mercancías y la vestimenta islámica. No hay bullicio, solo se percibe el ruido del agua y el roce entre las canoas cuando empieza el movimiento mercantil y se amontonan entre ellas para hacer negocio.

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Algunas mujeres se levantan a diario a las 2 ó 3 de la mañana para poder llegar a tiempo remando al temprano mercado flotante de Banjarmasin. Mujeres, sí, porque son ellas en un 90% las que van al mercado. Sus maridos trabajan en las plantaciones y, ese 10% restante, corresponde a los pocos hombres que ejercen de intermediarios para algún negocio en la ciudad de tierra firme.

Las mujeres llegan cubiertas con el velo islámico, algunas portan el típico sombrero oriental y, muchas de ellas, llevan la cara pintada de blanco con una pasta casera a base de arroz que hace las veces de protector solar.

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Mandarinas, limas, bananas, cocos, verdura… Algo menos de dos horas de compra y venta de mercancía. Una realidad diaria que no se ve desfigurada por cámaras ni turistas. No hay souvenirs ni interrupciones. Nada que ver con ningún otro mercado flotante del sudeste asiático, como el concurrido Damnoen Saduak, cerca de Bangkok, en Tailandia.

Un espectáculo pintoresco en medio de un amanecer que parece salido de un óleo costumbrista.

Banjarmasin: una ciudad sobre el agua llena de sonrisas inesperadas, de pobreza contrastada al límite y de costumbres medievales.

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Cumplir 40

Aprendiento a cumplir 40

Decía el maestro Harold Lloyd: “Estoy cumpliendo los 40 y eso lleva su tiempo”. ¡Qué grande! Qué tendrán los cómicos para plasmar la desgracia natural con esa gracia innata…
Y en esas estamos, aprendiendo a cumplir los 40. Lo de las arrugas y eso de envejecer con dignidad lo dejaré para otras “blogueras”, las que registran millones de entradas. Aquí no, que ustedes son especiales 😉
Es más, haré un guiño a la foto de este post, la misma que me ha acompañado en Facebook durante los últimos meses y que, cuando la colgué, a los pocos días un amigo caritativo “se la trabajó” con Photoshop y me la reenvió sin tantas patas de gallo. Pero no, una es así, clara y sin filtros -que dicen-, de manera que la foto permaneció ahí con todas las señas de identidad, las del paso del tiempo y de las risas que sabe bien todo el que me conoce.
Llevo ya unos meses tratando de hacerme a la idea: 2 de agosto, 40 vueltas al sol. No por el cuatro y el cero, que son solo eso, números, sino por el análisis que supone llegar al supuesto ecuador de tu existencia. Y mira que nos dan tiempo para mentalizarnos, 40 años nada menos, pero es como si de pronto el tiempo te pidiera cuentas y te obligara a dar una explicación sostenible de tu inversión en esos años. Qué duro, oiga, porque cuando nos piden cuentas de cualquier otra cosa, uno siempre puede rectificar, “resetear”, pedir disculpas, reparar el error y devolver una excusa o una solución con creces. En el caso del tiempo, no.
El tiempo no perdona, es más, termina castigando si lo infrautilizas y te obliga a medir los KPI’s.
No soy de los que se confían a la suerte y tampoco de los que se torturan con los “lástima no haber…” (bueno, a veces), pero eso de someterse a juicio con uno mismo, te obliga a mirarte a los ojos sin posibilidad de esconderte. Es como lo de la meditación, que meditas para escucharte y conocerte, para encontrar la paz interior y, a la vez, corres el riesgo de encontrarte con alguien que no te gusta. Y ese eres tú. Menuda gracia…
En estos 40 años voy aprendiendo a sufrir menos y a quererme más, a cauterizar heridas y a sentirme orgullosa de algunas cicatrices.
He aprendido que la vida es un viaje y que en una curva te la juegas pero, mientras tengamos combustible, hay demasiados paisajes nuevos que explorar. A veces me sorprendo observando los mismos y encontrando perspectivas tan distintas que me parece haber llegado a uno nuevo y disfrutarlo más que la primera vez.
He aprendido a disfrutar también del antes y el después, a saborear preparativos y a darme cientos de baños en recuerdos de los buenos cuando percibes el presente.
Voy aprendiendo a medir, a normalizar, a contemplar la consecuencia con simplicidad (que no simpleza), quitándole peso cuando supone un lastre y añadiéndolo cuando necesito ver resultados.
Voy progresando en valores y restringiendo en minucias. Mantengo la máxima (o eso creo) de haber venido a este mundo para ser feliz y hacer felices a los demás, pese al enfrentamiento natural con el día a día.
Lejos de la literatura, reconozco lecciones básicas que aún no he aprendido y que, espero, el paso del tiempo me ofrezca la posibilidad de enmendar. No debo pensar mucho para reconocer mi dificultad para decir “no” y los conflictos que me genera, o para delegar, e incluso para deshacerme de hábitos absurdos y poco saludables como el tabaco.
Espero que el tiempo sea generoso y me permita otras muchas batallas conmigo misma para poder mejorar estos “primeros” 40 años; espero también que el tiempo cauterice esas heridas de las que hablaba, pero no llegue a borrar la cicatriz de tal forma que olvide el aprendizaje; que la dureza de la experiencia sea una especie de imán en la nevera que me recuerde lo recorrido y me ilumine el mapa de lo que me quede por recorrer.
Y por qué no, también me arrepiento. Me duele ver la cantidad de veces en las que no he sido lo suficientemente agradecida, las ocasiones que he desperdiciado para aprender y mejorar, las veces en las que me ha vencido la conformidad y no he luchado lo que debía, las lágrimas de impotencia cuando no estaba todo perdido y la energía derramada cuando sí lo estaba.
En los recuerdos de esta evaluación brotan cientos de gestos y palabras de tantas y tantas personas con las que tuve la suerte de cruzarme en 4 décadas y me han permitido ser lo que soy: una “humilde afortunada”. He tropezado a menudo con personas, libros o viajes que me han brindado oportunidades maravillosas de crecimiento y con los que he ido tejiendo 40 años de experiencias. Algunos se mantienen en mi viaje. Otros, lógicamente, no, pero no por ello son prescindibles.
Hace muy poco tiempo, por problemas de salud que conocen los que estén siguiendo el blog y de los que, afortunadamente, ya estoy recuperada, comencé a perder algo de memoria. Los médicos decían que no era tal, que lo que estaba perdiendo era capacidad de concentración, pero a mí lo que me preocupaba era perder esa lista de recuerdos, los sellos que te va imprimiendo la vida hasta con-formarte como lo que realmente eres.
No, no quiero olvidar nunca esos extractos de conversaciones valiosas, los rostros de personas que me hicieron sentir especial, ni siquiera los rostros de los que me hicieron sentir pequeña, los momentos de risas en los que hubiera parado el tiempo, los de dolor que más te enseñan, las llamadas de teléfono, los mensajes, los abrazos…
Algún día le contaré a mi hijo que también escribíamos cartas y que nos molestábamos, no solo en contar sentimientos, sino en explicarlos, porque el mensaje no era instantáneo y se requería contextualizar.
He aprendido a echar de menos sin que se me caigan las lágrimas e incluso dejando que la sonrisa se me escape con los recuerdos.
He aprendido que la capacidad de sacrificio se entrena, que uno siempre tiene más paciencia de la que cree y que la felicidad de los tuyos es directamente proporcional a la de uno mismo.
He aprendido a viajar con menos equipaje pero a llevar siempre conmigo esa bolsa enorme imaginaria en la que meto a todos los que quiero que permanezcan a mi lado.
He aprendido que la sonrisa genera empatía, que el aburrimiento te vuelve creativo, que la distancia no se mide en kilómetros, que el silencio comunica y que el respeto no se debe perder jamás.
De momento, he de seguir aprendiendo a medir la palabra, a dar siempre las gracias cuando amanece, a evitar juicios gratuitos y a cultivar el espíritu.
De las pocas frases literales que retengo de los años de Universidad recuerdo una de Freud, que estudiamos en la asignatura de Antropología, que decía que “el hombre es un hedonista frustrado”. Es curioso, llegar a los 40 no me ha vuelto menos hedonista, todo lo contrario, pero sí me ha desarrollado una mayor resistencia a la frustración.
Entiendo que el papel de búsqueda de placer es interminable, pero es que los placeres ya no son los mismos.
Mantengo el deseo a la hora de complacerme, de darme un capricho o de tener una satisfacción, pero donde antes depositaba expectativas, ahora me regalo momentos. No sé si me explico: es algo tan sencillo como no desear con tal ansia el chuletón de buey y disfrutar de una chocolatina. Y eso no lo piensas, ni lo decides, ni lo programas…eso llega. No sé si pronto, porque nunca es demasiado tarde, pero a mí me ha llegado a los 40.
Creo que la conformidad es un don que, reconozco, no me fue otorgado en su momento y es un regalo que he recibido con el tiempo. Por algo dicen que no es rico el que más tiene sino el que menos necesita.
Así es que: ¡bienvenidos sean los 40! Bienvenido ese “dolor de parto” porque da paso a más vida. Como dice la canción: “Gracias a la vida que me ha dado tanto, me ha dado la risa y me ha dado el llanto”. Y ahora que lo pienso, quizá me esté volviendo un poco mística pero, tranquilos, no me den por perdida, a veces la mejor técnica para mantener ese estado zen y de armonía que me ha llegado a los 40 sigue siendo “un buen #mecagoenlaputa”. Y no pasa nada. Además, te deja como nueva.

Los hombres que no aman a las mujeres

Sin dramas, sin estridencias, sin victimismo alguno. Así me esperaban ellas la otra mañana en un café cualquiera para charlar y contarme su experiencia, pese a que venían a desnudar el dolor que sintieron un día, tantos días. Ellas son un pequeño grupo de valientes que agradecen a día de hoy poder hablar del tema abiertamente después de que la soledad, el silencio, las vejaciones y las lágrimas fueran solo algunos de sus compañeros de viaje. Por eso venían tranquilas, con la serenidad que da el contar las cosas con perspectiva, cuando ya ha finalizado la carrera de obstáculos.

Llevo dos meses queriendo escribir sobre esto, pero hay temas que abrazan la sensibilidad en exceso y, este, el de la violencia de género, es uno de ellos. Uno de los asuntos con los que es fácil meter la pata y, presiento, los periodistas debemos cuidar el tacto. Nuestro trabajo debe ayudar a esa denuncia social pero, en realidad, el mundo de las emociones es el más complicado porque no hay nadie con derecho a hurgar donde no te invitan a hacerlo. Por suerte, en esta ocasión he sido invitada, así que me siento en deuda con ellas, por hacerme partícipe de un dolor muy suyo que, aunque compartan, es absolutamente de su pertenencia. Incluso entre ellas, habiendo pasado por circunstancias similares: no comparan, respetan, escuchan. Eso sí, encuentran enseguida varias conexiones: como la de haber sufrido el dolor y la humillación en carne propia, como la del sentido de culpabilidad o la de haber buscado durante un tiempo una justificación a lo que les estaba ocurriendo.
Creedme, ha sido muy difícil plantearme este tema de la violencia de género e intentar no caer en el victimismo, tratar de no plasmar un titular escabroso, de esos que estamos cansados de leer, con porcentajes o cifras de denuncias, condenas o muertes comparadas con las del año anterior. Concienciar o favorecer la información útil sobre este asunto sin tropezar con el recurso del sensacionalismo es, cuanto menos, laborioso. Seguro que habéis visto fotos e imágenes impactantes de campañas de violencia de género: hematomas, brechas, heridas abiertas, sangre… pero, sin minimizar lo obvio, este problema va mucho, pero mucho más allá de lo que salta a la vista. Ni todo lo que no se ve, no existe; ni todo lo que no nos cuentan, deja de hacer daño; ni todo lo que se calla, desaparece.

Leyes injustas, silencios amedrentados, tratos vejatorios y pesadillas del día a día de tantas mujeres que no pueden (no saben) pedir ayuda.

Efectivamente, sabía que en algún momento me decidiría a escribir sobre esto. La suerte de tener una familia respetuosa o un marido que te protege no te evita la posibilidad de salir ahí fuera y encontrarte con un mundo de seres rastreros, no sé si enfermos, frustrados -puede ser- pero cobardes al fin y al cabo, que usan su fuerza, poder o superioridad para destrozar retales de vida. Que ¿por qué retales? Pues, porque si hay algo que quisiera plasmar con este post es que un retal es solo un trozo, un capítulo del libro, una pieza de todo un puzle y, tras este pedacito herido y semi-destrozado, vienen otros muchos que aprender a reconstruir. Con ayuda, sabiendo dar los pasos adecuados y con valentía, hay muchos más capítulos que escribir lejos de aquellos momentos oscuros y de esos monstruos que protagonizaron las pesadillas.
Laura, Sole y Patricia son solo tres entre los miles de mujeres “heridas” en España. Sin heridas físicas, pero es que los abusos de la violencia de género no se quedan solo en heridas abiertas, sino que pueden ser también abusos emocionales, sexuales, económicos, ambientales y/o sociales.
En 1993, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Declaración sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Que las Naciones Unidas se pusieran “manos a la obra” es señal de la necesidad evidente de protección que tiene este colectivo. De hecho, en el artículo 1 de tal Declaración, se define la violencia contra la mujer como “Todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la privada”.

Más de veinte años han pasado desde tal Declaración y acotar el acoso y la violencia contra las mujeres sigue siendo una tarea pendiente. Hubo que esperar a la Ley Orgánica 1/2004 de 28 de diciembre por la que, en su artículo 30.1, se crea el Observatorio Estatal de Violencia sobre la Mujer. Es curioso, como de broma, cómo un organismo de vital importancia y necesidad como este, se crea el día de los Santos Inocentes. Todo un preludio a que el problema en sí mismo tardará mucho, pero que mucho en ser erradicado.
Laura, Sole y Patricia coinciden en muchas cosas, demasiadas. Las tres tardaron en darse cuenta de lo que les estaba sucediendo. Todas ellas confiesan haberse resistido a reconocer un problema grave con sus parejas y que, cuando lo admiten, se encuentran aisladas: de sus amigos, de sus familias.

Las tres han logrado pasar página, separarse y, a día de hoy, intentan retomar sus vidas: Sole es un chorro de energía desbordante con muchos proyectos en mente; Laura aparenta no haber salido del todo de ese bucle mental y parece que aún necesite algo de ayuda; y Patricia es la más reflexiva, la que parece haber evolucionado más después de pasar página. Estas 3 mujeres en concreto están entre los 35 y los 45, pero la edad no es ningún indicador. Actualmente no existe un perfil claro de mujer maltratada: ni por edad, ni por estatus socio-económico.

Pese a sus experiencias, definen a sus ex-parejas como personas que saben dosificar, que saben comportarse socialmente y luego, en casa, son de otra manera. Por ello también la dificultad de obtener un perfil de maltratador y, por supuesto, lo difícil que resulta mostrar al entorno que esa persona no es lo que aparenta ser. Afortunadamente, esto no es siempre así, en ocasiones el maltratador sí deja ver una actitud más o menos agresiva, controladora y de superioridad, que facilita el proceso de evidenciar un caso de violencia machista.

Les voy haciendo preguntas y me contestan de manera intercalada, se van dando la razón e incorporan argumentos y opiniones a las primeras respuestas:

¿En qué momento os dais cuenta de que vuestra relación no es normal y estáis sufriendo una situación de violencia de género?
– Mi primer maltratador fue con 17 años. Me daba empujones, me llamaba gorda… Hasta su madre me decía: “no sigas con él, es igual que su padre”. Reconozco que he tenido facilidad para equivocarme y que, desde bien jovencita, empecé a estar “tocada” y a sentirme inferior.

– Pueden pasar desde dos días hasta toda una vida. Para reconocer el problema hay que ser valiente. Requiere casi más esfuerzo reconocerlo que enfrentarte todos los días a lo mismo. Recuerdo haber empezado a llorar en la propia luna de miel. Creo que, a partir de ahí, nunca dejé de llorar y de sufrir mientras estuve con él.

– El tiempo que cada una necesita para hacer la lectura interior, para llegar al autoconocimiento. Llega un momento en el que empiezas a pensar en qué quieres y qué no. Si existen las mujeres maltratadas es porque nosotras hemos permitido que nos maltraten y hay que evitar esto: hay que ayudar, enseñar y formar a todas esas mujeres que están en la cuerda floja para que sepan decir no y aprendan a quererse. Al principio, una mujer maltratada no se siente como tal, todo lo contrario: se siente culpable.

¿Recuerdas qué sentías o cómo te hacía sentir tu pareja por si esto pudiera servir de efecto-alarma a otras mujeres?
– Como una niña. Me veía como una niña que esperaba la bronca inexplicable en cualquier momento.

– Chiquitita, chiquitita, chiquitita… me hacía sentir que era insignificante.

– “Inútil” era una de sus palabras favoritas y, al final, te lo crees.

¿Cómo fue vuestro proceso de apertura y el momento en el que decís: hasta aquí he llegado?
– Yo di muchos pasos porque primero fueron las visitas al hospital con los ataques de ansiedad y los psiquiatras me decían: “pero no lo aguantes”. Y aguanté 3 años más… Al principio estaba aislada, perdí mi capacidad para relacionarme y me daba vergüenza hasta contárselo a mis hermanas, a mis mejores amigas… Hay que estar en nuestra piel para opinar y, aunque tú no quieras, sigues amando a tu maltratador. Lo que nos lleva al punto de que muchas mujeres mueran es que no eres consciente de hasta dónde va a ser capaz de llegar la otra persona. Como tú no eres así, te niegas a pensar que la otra persona sea capaz de dañarte hasta ese punto. Sigo soñando con él y tengo verdaderas pesadillas.

– Las amenazas. Cuando te suelta frases como “o haces tal cosa o te reviento la cabeza” o “merecerías estar muerta” recibes instantáneamente el aviso mental de que te está diciendo lo que es capaz de hacer. Tengo muchas palabras suyas grabadas en la memoria que fueron como una vuelta de tuerca y, cuando ellos dan esa vuelta de tuerca, no hay retorno, de ahí van a más, in crescendo.

– Cuando aprendes a abrazarte sola y comprendes que, desde la dependencia, no hay amor, hay eso: dependencia. Un día me di cuenta de que el dolor era más grande del que podía soportar. Creo que las mujeres tenemos una capacidad de sufrimiento infinita. Un día la bronca empezó en el coche y sabía lo que me esperaba al llegar a casa. Pensé en tirarme del coche en marcha y eso me hizo un click en la cabeza: prefería que me matara otro coche antes de volver a pasar por otro episodio de los suyos.

¿Consideráis al hombre maltratador como un enfermo?
– No sé si enfermo, pero hay en ellos un patrón de perversión emocional. Ahora que se habla tanto de inteligencia emocional, creo que son inteligentes emocionalmente pero que lo utilizan desde la perversión.

– Es posible que tanto el maltratador como la mujer maltratada. El maltratador porque no puedes estar en tu sano juicio mientras le haces daño a la persona que supuestamente quieres. Y la mujer maltratada (algunas) porque a lo mejor estamos “programadas” para ir de maltratador en maltratador. Nos sentimos inferiores y ¿cómo compensamos el sentimiento de sentirnos inferiores? Pues, sintiéndonos víctimas. Hay que conseguir salir de ese victimismo para “curarse”.

– No sé si llamarlo enfermedad social. Hay muchas familias que siguen todavía con unos roles del siglo pasado y, cuando lo has vivido en tu familia, donde has visto cómo el papel de la madre es un cero a la izquierda porque el único que cuenta es el del padre, es realmente difícil deshacerte de todo eso. Nacer en una sociedad tan desmedidamente patriarcal dificulta el ejercer como un marido o un padre del siglo XXI.

¿Qué relación mantienes actualmente con tu expareja y padre de tus hijos?
– Ninguna. Me sigue dando miedo. Ni siquiera puedo verlo: cuando me llama para hablar con las niñas, tiemblo.

– Lo veo a años luz. Ahora tengo la seguridad y la fuerza que me faltaba cuando estaba con él. Por mi bienestar y el de mis hijos, mantengo algo parecido a una cordialidad desde la distancia.

– Intento no revivir ninguna de las situaciones con él. Me imagino que todo fue anecdótico para dejar que mis hijos pasen los fines de semana con su padre sin que esto me suponga un desequilibrio emocional. Es difícil.

Como os comentaba antes, estas 3 mujeres (a las que por razones obvias les he cambiado la identidad) son un ejemplo de valentía, pero hay que subrayar que es una valentía necesaria. Sin un primer paso por su parte, sin un “basta ya”, es prácticamente imposible procurarles seguridad y ayuda del tipo que sea.
Lamentablemente, los escenarios de máxima tensión y de violencia extrema se producen de forma inesperada por lo que, muchas veces, la opción es la de llamar cuanto antes a la Policía o Guardia Civil de la localidad en la que se resida y poner una denuncia. También es cierto que las denuncias no suelen interponerse ante la primera señal de maltrato. Cuando una mujer maltratada se decide a dar el paso, lleva sufridas incontables situaciones desagradables. Es necesario ofrecer una seguridad a esas mujeres desde el inicio para que la gota que colma el vaso no llegue demasiado tarde.

Sin embargo, la mayoría de veces se trata de ese tipo de maltrato difícil de demostrar, el que no conlleva violencia física y para el que la mujer, pese a sentirse en esa situación de desamparo, no sabe adónde acudir. En este caso existen teléfonos de atención específica para mujeres en situación de violencia de género, como el 012, o como el 900 222 100 que funciona las 24 horas.

En el año 2005, la Ley Integral de la Violencia de Género dio un paso más y se empezaron a desarrollar programas de ayuda y terapia psicológica, no solo para las mujeres maltratadas, sino para los menores y las personas dependientes que hay en las familias con problemas de violencia de género. La Fundación ANAR, por ejemplo, ofrece ayuda a menores en situación de riesgo con un número de teléfono específico para menores de 18 años: 900 20 20 10.

En Madrid, tras el convenio que suscribió en 2005 cada Ayuntamiento con la Comunidad Autónoma para temas de igualdad y violencia de género, contamos con los Puntos Municipales del Observatorio Regional de Violencia de Género. Allí se asiste, mediante un equipo multidisciplinar, a todas las mujeres que solicitan ayuda, tanto si llegan con o sin orden judicial.

Mar Calle es la Coordinadora del Área de Violencia de Género del Ayuntamiento de Boadilla del Monte, Madrid, una Psicóloga con los suficientes años de experiencia para estar muy por encima de cualquier cambio político en su Ayuntamiento. Su conversación es clara y comprometida, con una exposición real de la problemática, de las carencias de su equipo para enfrentarse a la demanda de las mujeres del municipio, y orgullosa también de los programas que han podido poner en marcha.

Es quizá Mar quien me abre más los ojos en este tema. Ella me hizo ver que, las campañas a través de los medios de comunicación social que denuncian la violencia de género, comenzaron siendo muy positivas al hacerse eco de un problema que fue invisible durante mucho tiempo, pero también han hecho daño al identificar el problema únicamente “con el ojo morado”.

A menudo aparece publicado cómo Boadilla del Monte es uno de los municipios de España con mayor Renta Per Cápita. Sin embargo, Mar Calle habla abiertamente de que no hay medios suficientes. Me comenta cómo estos Puntos Municipales del Observatorio de Violencia de Género están muy bien, cuentan con personal cualificado (3 psicólogas, 2 abogados y 1 trabajador social) pero que, a nivel económico, dejan mucho que desear: “las ayudas económicas para vivienda y cualquier tipo de cobertura asistencial están fatal”. Y, la verdad, no me sorprende, nadie va luciendo ayudas por maltrato por la calle, como argumento electoral luce siempre más una nueva pasarela, una rotonda, una fuente o los nuevos contenedores de reciclaje imposible.

Sin embargo, Mar muestra una vocación envidiable, no solo es transparente en cuanto a las restricciones con las que trabaja o a sus quejas respecto a la poca formación y sensibilización de los jueces sobre la violencia de género, sino que traslada fácilmente a la palabra la tenacidad con la que trabaja. Cree de manera firme que la solución a la violencia de género pasa necesariamente por la educación y en ese sentido se esfuerza en concreto, junto con colegios e institutos, desarrollando programas de información para adolescentes.
Pensaba hablar en este post del tema de las denuncias falsas, un tema mediático por lo curioso, pero Mar me dejó claro que en absoluto por lo estadístico: “el 99% de las denuncias son verídicas y esto lo dice todo”. No tengo nada más que añadir. Dejaré que sean otros en sus blogs los que hablen del 1% restante.

Desde aquí mi agradecimiento a Mar Calle, por abrirme la puerta de su despacho, por su conversación y por hacerme partícipe de su compromiso. Además, felicito al Ayuntamiento de Boadilla por contar con esta buena profesional, aunque dejo también constancia del tirón de orejas correspondiente por no destinar la partida económica necesaria. Y, sí, señores, no me vengan ahora con que esto son asuntos de la Comunidad, que las maltratadas son vecinas y los Ayuntamientos tienen su área correspondiente de Asuntos Sociales.

Como veis, he tenido la oportunidad de conversar con mujeres que han experimentado en carne propia la violencia de género y con una profesional que lleva años gestionando la problemática entre estadísticas y perfiles de maltrato. Pero no podía quedarme ahí, me faltaba algo esencial para cerrar el círculo: el maltratador.

Inge Azpitarte es Psicóloga de prisiones y terapeuta de violencia de género. Su trabajo le enfrenta a diario con reclusos que están dentro del Programa de Tratamiento para Agresores. Inge insiste en que no hay un perfil concreto de maltratador (al igual que no lo hay de mujer maltratada) aunque sí suelen compartir características comunes. Hay conductas que se aprenden, dice, y los malos tratos son más habituales en personas que lo han visto o vivido en su propia casa.

A la hora de desarrollar el Programa, esta Psicóloga de prisiones cuenta cómo se trabajan aspectos como la asunción delictiva, la empatía con la víctima de cara a disminuir la probabilidad futura de reincidencia, las distorsiones cognitivas relacionadas con la violencia y los valores, la autoestima, el desarrollo de habilidades sociales y expresión emocional, y técnicas de autocontrol.

Como especialista en violencia de género, esta profesional reconoce que el sexismo es el caldo de cultivo de la violencia machista, pero que va unido a otros factores como la carencia de autoestima y la impulsividad.

Además de agradecer a Inge su colaboración desde el minuto uno, su tiempo y su paciencia, reproduzco su opinión, y no puedo estar más de acuerdo, acerca de la única manera de acotar el problema de la violencia de género. Una vez más, la educación aparece en el epicentro de cualquier posible solución: “No me refiero a dar una charla en el instituto una vez cada cinco años, es importante que se enseñe a los niños a respetar a los demás y a hacerse respetar de igual modo. Es alarmante ver los últimos estudios donde se observa un repunte de comportamientos machistas entre los más jóvenes. Nada justifica el uso de la violencia, nada. Y una paliza es horrible, pero las heridas en el alma que producen el miedo y las humillaciones que sufre una mujer maltratada, no se curan jamás.”

Por lo que conozco de Inge, sé que es una persona comprometida, no solo con esta, sino con otras muchas causas sociales, por lo que podéis imaginaros lo que dio de sí la conversación de alguien que, como ella, asume su papel de terapeuta con vocación de servicio y que aún cree que cambiar es posible, pese a que sea un camino largo y difícil.

Sé que Inge se quedó con ganas de contarme más cosas y no os imagináis cómo me apetece escucharlas, pero también sé que tenemos un café pendiente del que saldrá otro post, estoy convencida.

María José también es Psicóloga de un centro penitenciario, especialista en intervención social y violencia de género. Esta Psicóloga de prisiones, en concreto, trabajó durante años en el Programa Vitrubio de Castilla-La Mancha, un programa de reeducación de agresores contra la mujer en el que empleaban estrategias y técnicas diversas: desde la expresión emocional, el manejo de la ansiedad, la autoestima, reevaluación cognitiva, habilidades de comunicación, análisis y resolución de conflictos… todo ello encaminado a que los hombres aprendan nuevas formas de relación con la mujer, positivas y saludables y, por supuesto, en términos de igualdad.

Es curioso ver cómo los buenos profesionales siguen creyendo en su trabajo, de lo que me alegro. A título personal, sin embargo, me cuesta creer que “la bestia” se convierta en príncipe y que trate a “Bella” como se merece, desde una posición de igual a igual, desde el respeto. Es lo bueno de que esto, en vez de un reportaje para cualquier magazine, sea un post en mi blog y pueda plasmar mi opinión sin complejos.

María José, como no podía ser de otra forma, también habla de la educación como eje asociado al origen del problema: “Si decimos que se trata de una construcción social, parece evidente que es importante invertir, y no solo económicamente – que también-, en educación en igualdad. Es necesario que nuestros niños y niñas palpen esa igualdad en nuestras casas, en el lenguaje que empleamos cuando vamos al médico, en el escaparate de una juguetería o cuando ven la televisión.”

De la conversación con María José, que está tan implicada a nivel personal que hasta pone ejemplos de la educación de su propia hija, me quedo con un supuesto que comentó para aclararme la esencia misma del maltrato de género y su relación con el consumo de alcohol y/o drogas: “Imaginemos a un hombre que se va de copas y se emborracha. Desde que sale del último bar hasta que llega a su casa lo habitual es que se encuentre con varias personas por la calle a las que no agrede pero, en cuanto abre la puerta de su casa, comienza la agresión verbal, física, emocional… Y este hombre, además, agredirá a su compañera cuando ya no esté bajo los efectos de ningún tóxico. El consumo de drogas o alcohol puede agravar el problema pero no es la causa del mismo. Hay muchos hombres que beben y consumen y que no agreden a las mujeres.”

Os confieso que lo más duro a la hora de escribir este post ha sido entrar en situación leyendo folletos y algunos programas para mujeres maltratadas por sus parejas, las mismas que aún no reconocen abiertamente que lo son y que hay que facilitarles el trabajo haciendo que tan solo marquen con una cruz situaciones que hayan vivido como:
– Te aplasta la cara contra el plato de comida
– Te llama con un ruido o un chasquido para llamar tu atención como se hace con los animales
– Te arrastra del pelo
– Ignora tu presencia, no te contesta, hace como que no existes

Y esos señores están ahí fuera, “andan sueltos”, y quizá todo empieza por controlarte el móvil, abrir tu bolso y examinar lo que llevas, registrarte los cajones, llamarte a todas horas y pedirte explicaciones de cada movimiento.

No soy quién para ofrecer conclusiones sobre un tema que se me escapa tanto al entendimiento, pero sí creo que es importante recordar que nada justifica el maltrato, que actualmente contamos con una legislación que asiste a mujeres en esta situación y que contempla formas de protección.

El amor solo tiene sentido si amamos desde la libertad. Si no es así: atrévete a romper tu relación, pide ayuda e inicia la desintoxicación emocional que necesitas.

Aprendiendo a gestionar emociones: del Artículo 33 al Emocionario

Un día llega y, en la puerta del cole, va y te suelta: “mamá, por favor, quédate aquí, déjame que entre solo, que soy mayor”. Y tú, que llevas varios años intentando educarle y enseñarle a gestionar sus emociones, te quedas con esa cara de estúpida pardilla en la puerta, preguntándote que quién te enseñará a ti ahora a gestionar las tuyas.

Hemos escuchado cientos de veces eso del famoso libro de instrucciones –inexistente, siento decirlo- para madres y padres, con las risas y absurdos que conlleva y con la cantidad de falsos manuales que te dan pautas, reglas, directrices y normas varias sobre el qué y el cómo con los hijos. No seré menos, reconozco haber leído todo lo que ha caído en mis manos: desde el “Duérmete niño”, pasando por tutoriales de estimulación temprana, hasta “Mis sentencias ejemplares” del gran Emilio Calatayud.

Y ¿qué te queda de todo ello? Hombre, supongo que aprender, leer y tomar notas nunca está de más, pero la realidad es bien distinta. Es como todos esos cursos que te ofrecen las multinacionales, esos organizados por los departamentos de “Recursos Inhumanos”, en los que te llevan 3 días de team-building a saltar y cantar, dejando aparcado tu trabajo que sabes se irá amontonando por minutos en tu mesa, junto a los emails sin responder y que, a la vuelta de los juegos y los estribillos corporativos, te toca quedarte una semana hasta pasada la media noche en la oficina si quieres ponerte al día. ¿Es útil el team-building? Pues sí, es posible que mejore el ambiente de trabajo y el sentido de pertenencia a la empresa, pero resulta que en esa semana llegando a las mil, tu pareja se ha ido a vivir con su madre y los niños ya no te conocen (modo irónico on).

Lo de las guías, libros y seminarios sobre educación son un poco lo mismo. Te lees el libro “Duérmete niño” en tu noveno mes de embarazo, quedándote por las noches para acabarlo y lo mismo tu hijo duerme como los ángeles y eres tú la única que te has quedado sin horas de sueño. O aprendes todo sobre estimulación temprana y resulta que tu hijo viene sobre-estimulado de fábrica y mejor te podrías haber leído el HOLA en ese tiempo. También están los que se empeñan en que su hijo toque el piano y a él lo que le motiva es la zambomba, con suerte de que no tenga el oído en los pies, y estés malgastando su tiempo y tu dinero.

El otro día me comentaba una amiga, con un marido súper deportista que, pese a que han intentado introducir a su hijo en varios deportes con todas las técnicas posibles (en equipo, en solitario; en polideportivo, al aire libre; por esfuerzo, por diversión…), resulta que al angelito no le gustan los deportes y que, si de extraescolares se trata, tomen nota, “el prenda” quiere ir a cocina y a clases de magia. Y con toda la razón, oiga, que cada cual tiene sus gustos, habilidades y apetencias.

En eso de gustos y apetencias, recuerdo que una estudió música porque no le quedaba otra. Ya sabéis, como se hacían antes las cosas en la vieja escuela: mis padres se sacaban de la manga aquella especie de Ley Orgánica “de Pater muy Señor Mío” en la que lo dejaban muy claro en cuanto decían “por el artículo 33”. Y estabas perdido. Ni idea de lo que decía el susodicho artículo, pero ninguna duda acerca de que aquello se cumplía por ley: por la de tu santo padre y tu bendita madre.

Los tiempos han cambiado, ahora los padres estamos más al día sobre técnicas pedagógicas y clases magistrales de psicología infantil. Se ha dado la vuelta de tal forma que los padres deben entender cualquiera que sea la circunstancia del niño. Todo son facilidades, flexibilidad, empatía y gestión de sus emociones de la forma más positiva.

No dudo de la opinión de los expertos, solo faltaría, pero debo decir que sí me inquieta tanto rollo “flower-power” en todo lo relativo a introducirlos en este mundo nuestro que, por cierto, nada que ver.

Arrieritos somos, como diría aquel; así que, como una más, ahí me voy manejando como aprendiz de madre, a medias entre lo que voy aprendiendo y lo que me dicta el sentido común.

Hoy mi hijo tenía claro que era su día, el día en el que ya se siente mayor para cruzar una puerta por sí solo, y no puedo ser yo la que se lo impida (una vez que el sentido común descarta peligros y funciona la sensatez, obviamente). Hoy he comenzado a gestionar el cambio, el del “destete emocional” y, para mi sorpresa, ha sido más fácil de lo que creía. Por algo dicen que los padres no solo debemos dar la vida, sino promover la libertad para vivirla.

En la vieja escuela no se daba mucho eso de la libertad para vivirla, y eso que tuve suerte de contar con una madre coraje que supo “dejarme ir” pese a que no estuvo nunca preparada para el “destete”.

Iremos viendo. Supongo que los peligros acechan y, pese a que no los descartemos, habrá que ir soltando riendas desde el sentido común (recordemos: el menos común de los sentidos).

Por lo pronto, aunque no esté demostrada su eficacia, sigo empeñada y ya he comprado el “Emocionario”, un libro que describe todas las emociones, que enseña cómo y por qué se producen. En teoría, es para niños. Los mayores, de esto, ya saben o eso dicen. Pero reconozco necesitar un buen repaso para, sobretodo, aprender a gestionar estas nuevas emociones: sin dramas, sin enfrentamientos y evitando cualquier torpeza por mi parte.

No sé si tú te conoces, identificas y diferencias bien tus emociones. El recorrido emocional de cada uno es único, desde luego, pero creo que la vida nos somete a diario a nuevos retos y que la curiosidad por ahondar en las emociones puede ayudarnos a gestionarlas. Dejadme entonces que siga aprendiendo con este “Emocionario” y os invito también a que probéis.

12 de mayo y la enfermedad que no mata

Me acabo de levantar de la cama en mitad de la noche en cuanto he sido consciente de que hoy volvía a ser 12 de Mayo. Me acabo de levantar de la cama ahora que puedo porque, quizás, el 12 de mayo del año pasado (y del otro y del otro…) no podía levantarme.

Un año de visitas médicas esporádicas, dos años más de visitas médicas recurrentes y otros dos de “un no parar”: endocrinos, oftalmólogos, traumatólogos, otorrinos, reumatólogos, ginecólogos, neurólogos, gastroenterólogos, alergólogos… (y en plural).

Con especial “cariño” recuerdo a aquel endocrino (el 4º que visité, por cierto, y esta era mujer) que, tras repetidas analíticas, me mandaba al psiquiatra porque los resultados no rebelaban absolutamente nada.

Hoy, 12 de mayo, ni siquiera voy a dar el nombre de aquella pseudodoctora porque sería faltar a la verdad, porque no fue solo ella, porque son decenas o centenas los médicos que creyeron saberlo todo con la nota del MIR bajo el brazo y, que yo sepa, Dr. House solo hay uno y pertenece a la ficción.

No voy a reclamar humanidad, que también podría; no voy a dedicar estas letras a todos los que ni siquiera me miraban a la cara mientras se me caían las lágrimas frente a su consulta pidiendo ayuda. Tampoco quiero personalizar más de lo debido este post porque solo estuve diagnosticada de Fibromialgia y Síndrome de Fatiga Crónica poco más de un año y, resulta, que ni siquiera el “iluminado” que me lo diagnosticó sabía lo que eran en realidad. Para él, supongo, fue un cajón desastre muy cómodo en el que volcar los casi 40 síntomas que me pasé años llevando escritos en un papel de consulta en consulta.

Afortunadamente, gracias a no rendirme y a renunciar a “morirme en vida”, seguí buscando, investigando por mi cuenta, navegando en internet y continuando mi periplo de consultas hasta que aterricé en la del gran Dr. Carlos Isasi, reumatólogo del Hospital Puerta de Hierro de Madrid que, desde la humildad, generosidad, profesionalidad y humanidad que le caracterizan, cambió aquel diagnóstico terrible tras unos meses de pruebas y lo convirtió en una sencilla Sensibilidad al Gluten No Celíaca (SGNC). Tan sencillo como prescindir del gluten y los lácteos en mi dieta para volver a la vida. Y así es que he vuelto a vivir al 85% y, entiendo, ese otro 15% restante y puntual, me falla cuando existe algo de contaminación cruzada que, paso a paso, voy aprendiendo a controlar.

Por favor, esto no es el blog de otra “iluminada”. No es que la Fibromialgia y el SFC se curen con eliminar el gluten de la alimentación; simplemente, yo no era una enferma de Fibro y SFC.

Para los que no lo hayan oído nunca, la Fibromialgia y el Síndrome de Fatiga Crónica-Encefalomielitis Miálgica son enfermedades que, a día de hoy, no tienen cura. Son de esas enfermedades que, oye, como no te mueres, pues “que cada palo aguante su vela”. Solo que, en el caso de estas enfermedades, ni “el palo” tiene aguante,  ni la vela envergadura.

Se cree, pero solo se cree, que es una enfermedad de origen autoinmune. Teorías… en estos años he podido leer 10 o 12, pero lo cierto es que todavía no se conoce su origen ni hay pruebas diagnósticas para detectarlo, únicamente se diagnostica por descarte.

Como pasé meses, años, sufriendo lo que resultaron ser solo síntomas compartidos con esta tremenda enfermedad, me permito recordar aquella terrible aventura en honor a todas (porque el 85% de los afectados son mujeres) las que lo padecen.

La evolución de la enfermedad es un mundo y los síntomas un baile macabro pero, por poner un ejemplo: un día notas que te tienen que repetir las cosas porque oyes mucho peor, hasta que empieza a convertirse en un verdadero problema; otro día notas un hormigueo en las manos, hasta que diariamente te levantas con las manos, los brazos, las piernas… entumecidos, rígidos y necesitas poner el despertador mucho antes para poder “calentar” y mentalizarte de que debes salir de la cama; otro día comienzan los dolores, calambres, pinchazos… y de pronto se convierten en tus peores compañeros de viaje sacándote las lágrimas por la intensidad: el brazo, la sien, la rodilla, el hombro, las costillas, los pies, el pecho…y hasta las cejas; otro día, comienzas con mareos o vértigos y terminas con hipoglucemias despiadadas cada dos por tres sin que hayas variado la dieta; también puedes tener ataques de sueño repentino provocado por un sueño poco o nada reparador (hasta más de 100 microdespertares en una sola noche); el desorden cognitivo aparece poco a poco y te pilla como por la retaguardia, lo llaman “fibro-niebla” y te paraliza, te desorienta, te incapacita y te obliga a pasar momentos del día como dentro de una burbuja; las crisis de fatiga no son un cansancio al uso: uno puede estar cansado muchos días de su vida, pero ni siquiera cuando la gripe te abraza fuerte con 40 de fiebre llegas a sentir esa agonía claustrofóbica de no poder articular ni uno solo de tus miembros; y otro día, otros muchos días: taquicardias, rinitis, prurito generalizado; quistes internos y externos; diarreas; piernas inquietas; parestesia; hipersensibilidad a la luz y al ruido… y un interminable y pernicioso etcétera que se llega a concentrar en un solo cuerpo, en una sola vida o, más bien, una no-vida.

Hoy, 12 de mayo, Día Internacional de la Fibromialgia y Síndrome de Fatiga Crónica, quiero dedicar mis pensamientos y estas palabras a ese 3%-6% de la población que lucha por ponerse en pie cada mañana sin esperanza alguna de que el día vaya a mejor.

Sin duda, volveré a tratar este tema en profundidad. Es acuciante la investigación básica y clínica para llegar a dar con el origen de esta y otras tantas enfermedades autoinmunes, para procurar pruebas diagnósticas que no obliguen a los pacientes a ir de médico en médico, ni a sentirse ninguneados por el personal sanitario que cree saber hasta lo que aún no se ha descubierto.

A día de hoy, 12 de mayo de 2015, casi 1.300.000 españoles permanecen invisibles e incluso desearían que toda esa sintomatología se les manifestara externamente de alguna manera para gritarle al mundo lo que están sufriendo.

Hoy, 12 de mayo, Día Internacional de la Fibromialgia y Síndrome de Fatiga Crónica, va por todos vosotros: supervivientes de una pesadilla diaria y luchadores cotidianos.

Y, por supuesto, va por ti, Dr. Carlos Mª Isasi Zaragoza, por sacarme a mí y a otros muchos de aquella pesadilla.

“Lo mejor del SFC es que no mata. Lo peor del SFC es que no mata” (Susan Wendell)

Memories

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Mientras buscaba entre mis fotos alguna imagen que me sirviera para ilustrar el reportaje que estoy preparando para el próximo post, de pronto he encontrado varios sobres en una caja que llevaba años sin abrir. Ya sabes, fotos de las de antes: las que se guardaban en álbumes y en cajas y que, con el tiempo, van cogiendo solera, olor a rancio, tacto áspero y un brillo marchito. En una de esas cajas aparecieron, precisamente, las fotos a las que hice alusión hace unas semanas en Facebook.
Como de mis comentarios de aquel día recibí varios mensajes y alguna que otra llamada, os dejo de nuevo aquellas letras. Ahí van:

¿No os pasa a vosotros que hay temas y momentos históricos que os llaman especialmente la atención? No sé si es posible recordarlo ahora a modo de celebración como que aquello se acabó o, mejor, obviarlo y mantenerlo en lo más profundo del “no recuerdo”.
Hace ahora poco más de 10 años que servidora vivía en Texas y que le daba clases de español a un fantástico jubilado de casi 80 años. Lúcido e inteligente. Un ex directivo de General Motors que me pagaba un dineral más bien para que yo mejorara mi inglés porque, a su edad, lo que mejor le venía era compañía y conversación, pero aprender, lo que se dice aprender y estudiar, de eso, poco.
Leyendo la prensa de hoy mi cabeza retrocede 10 años. Se va a aquel día en el que hablando “del mar y los peces” me dio por preguntarle el significado de aquel tatuaje semiborrado en su brazo por el tiempo y las arrugas, y que en principio me habían parecido letras, iniciales de algo, lo que en realidad eran números.
No me contestó. Se le cambió el rostro y tardó apenas unos segundos en ponerse a llorar como un bebé desconsolado. Y allí estaba yo, abrazando a aquel hombre de casi 80 años con el que llevaba solo unos meses compartiendo conversación, risas y cerveza.
Quise darme de cabezazos por mi torpeza cuando, a los dos minutos, él logró pronunciar la única palabra que hablamos jamás sobre ese tema. El dijo: “Auschwitz”. Y solo entonces pude hilarlo todo: la nueva información que me dio esa palabra sobre el nauseabundo sistema de clasificación de presos en los campos de concentración nazis, con la información que ya tenía -origen europeo, judío y gay- que multiplicaba aún más, si cabe, el horror y la barbarie en estado puro.
Mientras escribo estas letras trato de recordar su nombre con todas mis fuerzas y ni siquiera lo consigo. Es posible que lo guarde apuntado tras unas fotos que le hice al volante del deportivo gris que se autoregaló para su “setentaymuchos” cumpleaños.
A los pocos días, recuerdo que visité el Museo del Holocausto de Houston, donde descubrí que había una comunidad importante de judíos supervivientes que se asentaron allí.
Como os podéis imaginar, hubiera dado algo por hacerle a aquel hombre una entrevista o, al menos, poder hablar largo y tendido sobre el tema. No fue posible, creo que a sus 80 años se merecía más horas de risas y cerveza que de otra cosa. No sé, o a lo mejor a él sí le hubiera gustado “vomitar” más sobre aquel tema y fui yo la cobarde entonces. De todas formas, hoy mi recuerdo está en aquel día con él, en aquel abrazo fuerte, largo, duro e impotente.

Este texto fue publicado en mi perfil personal de Facebook el 27 de enero de este año, en relación a una noticia que anexaba sobre el 70 aniversario del holocausto judío y los horrores de Auschwitz.

Esos negros de África

Rostro niña africana

Tan solo en los últimos 3 días, miles de inmigrantes ilegales han arribado a las costas del Sur de Italia. El número produce escalofríos: en España dicen que son 5.600; mientras, otros medios de comunicación en Italia, hablan de 8.480 inmigrantes. Y no da igual, no son números: son personas, rostros de una tragedia vivida en carne propia, ejemplos del miedo y la desesperación humana, vidas a las que la dignidad dio la espalda desde el minuto uno, símbolos de un proceso de incompetencia política y de privación de Derechos Humanos.
Ayer mismo, testigos supervivientes del naufragio de una de estas plataformas flotantes de tráfico de inmigrantes ilegales, comunicaban el horror de unas 400 personas que habrían fallecido ahogadas intentando llegar a la región italiana del Reggio di Calabria. Esto sucedía solo un día después de que, autoridades policiales españolas y marroquíes, impidieran el nuevo asalto de la valla de Melilla a 300 inmigrantes subsaharianos.
Creo en los Derechos Humanos. Y digo que CREO porque se vulneran constantemente en tantos lugares del mundo, que hay que seguir creyendo para no dejar de luchar por ellos.
No sé si alguna vez te has preguntado cómo deben malvivir esas personas para arriesgarlo todo, sus vidas y hasta las de sus hijos. No sé si alguna vez te has parado a pensar en “esos negritos”. No sé si, tan siquiera, a veces te cuestionas la realidad.
En una de esas frases que han corrido esta semana por la red a modo de marcha fúnebre por la muerte de Eduardo Galeano, decía este escritor uruguayo que se sentía agradecido al periodismo por haberle sacado de la contemplación de los laberintos de su propio ombligo. No comulgo con la visión intelectual -en lo político y económico- del Sr. Galeano, pero hay una parte humana -la de la sensibilidad del alma y de su pluma- que estoy obligada a admirar y compartir.
Es cierto, es una suerte pertenecer a esta profesión que se abre ante lo ilegible de otras realidades, a lo difícil de entenderlas, a lo cuasi imposible de evitar juzgarlas y a la satisfacción de poder contarlas.
No creo que Europa le esté dando la espalda al problema, pero sí estoy convencida de que las políticas centradas en el control de fronteras y no en el rescate de personas dificultan las posibles soluciones.
Las condiciones de vida infames en el continente africano obligan a la migración. Incluso, algunos gobiernos han tomado esta como una vía de desarrollo. No hay que olvidar que la fuente de divisas extranjeras siempre ha contribuido a sostener la balanza de pagos.
Durante décadas se han ido forjando rutas de migración. La ruta del África Occidental: la que se utiliza desde Mauritania, Guinea Bissau o Mali. La ruta del Mediterráneo Oriental: en la que ciudadanos de Afganistán, Pakistán, Iraq y Somalia pasan a Grecia. La ruta del Mediterráneo Central: con origen en el Golfo de Guinea y en el cuerno de África, y con destino final Malta e Islas Pelagias en Italia. Y la ruta del Mediterráneo Occidental: la de esos miles de marroquíes y argelinos que acaban en campamentos próximos a las fronteras de Ceuta y Melilla para encontrar el momento idóneo de saltar la valla fronteriza.
Cuando veas sus caras en las noticias, cuando las imágenes de “esos negros o esos moros” apilados en embarcaciones neumáticas, escondidos en el imposible agujero de un motor o encaramados a una valla entrampada con pinchos y cristales rotos, pregúntate alguna vez por qué. No he necesitado preguntármelo más veces. Yo entendí a la primera que es preferible la sangre y el mar abierto, al hambre y a la guerra; que me quedo con los rezos y los miedos antes que con el dolor y la amenaza; que me aferraría a cualquier mínima esperanza y me arriesgaría a una muerte fría para evitar la muerte lenta en vida de una realidad sin futuro.
Frontex (la Agencia Europea para la Gestión de la Cooperación Operativa en las Fronteras Exteriores de los Estados miembros de la Unión) prevé para este año unas cifras record de inmigración ilegal en Europa. Ojalá el apoyo técnico y logístico de la agencia termine yendo más allá de la lucha contra los traficantes de vidas y del control de fronteras, porque el efecto de las políticas que cierran la puerta a todos los que huyen del hambre y de la guerra es terriblemente monstruoso.